lunes, 15 de febrero de 2021

Generación y degenerados; providencia y deuda

 Una de las particularidades de esta época monstruosa es la incapacidad de entender de las gentes combinada con una extrema soberbia, esta mezcla explosiva provoca un resultado grotesco; las gentes hablan y están convencidas de saber de qué hablan, el consenso les hace ver que efectivamente "están en lo correcto" y, sin embargo, de la forma más grosera son incapaces de comprender que las verdaderas causas de aquello que analizan se les escapan y que están lo más lejos que es posible de la correcta interpretación aun de los asuntos más acuciantes, aquellos que, de hecho, les condicionan por completo en los aspectos más absolutamente básicos de sus vidas.

Así pues, queda claro que esto ocurre en cuestiones que están lejos de ser irrelevantes para estas gentes pero, precisamente debido a su incapacidad para entenderlas, se diluyen en asuntos accesorios los cuales, aun cuando están relacionados con la cuestión, sin embargo imposibilitan abordarla como es debido. Se produce, de este modo, una especie de atomización mental en las gentes, la fragmentación que ellas mismas implementan les impide tratar los asuntos que de verdad son relevantes y se acaba produciendo como resultado una mezcla de confusión, perplejidad y abulia. Esta atomización es completamente separativa, es decir, no hablamos de una fragmentación con puntos de conexión a través de una capacidad, aunque fuera disminuida, para la síntesis intelectual sino de una absoluta compartimentación estanca. Las cuestiones, no importa lo relevantes que sean, se ven como estrictamente separadas y sin ninguna relación en absoluto. Pero esto no se produce de un modo racional, a través de esa ambición ampulosa de "pensamiento científico" que relaciona consideraciones dentro de un determinado modelo de pensamiento o "teoría del conocimiento"; de lo que aquí hablamos es de una prevalencia de lo infrarracional a la hora de plantear asuntos importantes para las gentes, sean estas más o menos sesudas. El aspecto infrarracional del consenso en el que viven, que no es otra cosa que una obnubilación mental, una incapacidad para la verdadera intelección, actúa como un auténtico hechizo. Así pues, esta atomización debe entenderse como siendo de origen "subconsciente" por usar la terminología moderna; las gentes se guían por impulsos infrarracionales pero no son conscientes de ello, piensan guiados por esos impulsos infrarracionales, no en el momento del raciocinio sino en el origen de este, pero tampoco son conscientes de ello. Parten de la fragmentación puramente cuantitativa sin apercibirse lo más mínimo y terminan emborrachándose en el festival estadístico que, de hecho, fundamenta su soberbia, como todo buen borracho toman sus decisiones en ese momento eufórico y esto garantiza no llegar nunca al origen del problema. 

Acabamos por fin llegando al tema que nos compete, el atomismo separativo e infrarracional se fusiona en el consenso garantizando la imposibilidad de llegar a otra comprensión de la realidad que no sea la pura perplejidad y, al mismo tiempo, garantizando la soberbia que permite buscar soluciones absurdas, y además rancias, para problemas que nunca pudieron ni remotamente solucionar sino de hecho provocar y empeorar. El caso es que este mecanismo mental se cierra en bucle de modo que la perplejidad  por el desorden lleva a la borrachera de soberbia la cual lleva a las falsas soluciones, que de hecho provocaron el desorden en primer término, lo cual lleva a la inevitable resaca de desorden manifiesto e innegable el cual, de nuevo, genera perplejidad. Este mecanismo domina en todos los ámbitos de la modernidad, desde los aspectos más "cotidianos", la vida particular de las gentes, a los más "trascendentales", el ámbito "civilizatorio" de la modernidad donde impone sin rubor sus "valores", su "ciencia", puesto que se sabe a sí misma como la cima de la "evolución humana" y ¿Qué mayor justificación que esa podría existir?. Queda claro que la modernidad tiene que imponerse por que no hay ni nunca ha habido nada mejor, nada más grande, nada más correcto. 

Entonces, ante la constatación inevitable del desorden que la modernidad no logra evitar a pesar de sus esfuerzos propagandísticos y de "ocio", lo "natural" es entonces la perplejidad, luego pensar de manera fragmentaria y separativa es "lógico", es decir, "pensar de manera ilógica es lógico". "No existe la verdad absoluta" y esto se constata al ver cómo el epítome de la "evolución humana" no evita el desorden, luego "el desorden es orden". ¿Cómo va a existir la verdad absoluta cuando la "evolución" nos "demuestra" la fragmentación separativa de todo? Entonces, no hay ningún problema en el origen subconsciente del pensamiento moderno puesto que "se demuestra" que "el pensamiento es subconsciente" o, mejor aún, "la trascendencia del pensamiento humano es subconsciente". Todavía podemos llegar más lejos "la trascendencia del pensamiento humano siendo subconsciente, fragmentario y separativo, con lo cual cuantitativo, es la inteligencia artificial"; es decir, la computación de datos en un "ambiente" de desorden configura "lo trascendente" y la perplejidad ante el desorden no es más que el "cascarón de un estadio evolutivo inferior" que será desechado cuando "nos liberemos" de aquello que, de hecho, nos hace humanos.

Ahora por fin podemos entender cómo de estériles son los intentos de los modernos por superar el desorden y la perplejidad recurriendo a esas recetas rancias a las que le lleva un fundamento subconsciente a la hora de razonar y que nunca conducirá a otro lugar que la constatación de que la originadora de ese desorden, la modernidad, es la única cura posible. "El problema y sólo el problema es la solución", esto es lo que dirían las gentes si fueran conscientes de lo que hacen y de lo que piensan pero no lo son, con lo cual están convencidos de que "la solución moderna", esa receta rancia de la que hablábamos más atrás, será la que solvente el desorden. Así pues, se pedirá siempre más modernidad pero esto es absurdo puesto que ya absolutamente todo, hasta el aspecto más insignificante, es completamente moderno.

Siendo esto así la generación no implica nada, no es más que un fenómeno, ni siquiera un epifenómeno por usar la jerga de la época. La generación como concepto mismo no es más que un mal substituto para el término que enamora a los modernos: industria. Las gentes ven todo aquello susceptible de caer bajo el concepto generación como un mero asunto industrial y sí, esto incluye la paternidad. Por supuesto, no son conscientes pero esto no evita que las cosas sean, de hecho, así llegándose, de este modo, a una aberrante paradoja puesto que lo generado y la generación misma son degeneración; no hay un momento consciente, un momento de claridad que pueda evitar que esto sea así y quien intente llamar la atención acerca de este vacío de consciencia acerca de algo tan elemental como la paternidad será, en el mejor de los casos, tachado de loco. 

La generación ya sea acerca de lo que en otro tiempo se llamó Creación o acerca de la familia o aún de una nueva república no puede, en este tiempo, pretender ir más allá de la degeneración como principio fundamental. A pesar de la más que evidente contradicción así es como están las cosas puesto que la modernidad postula la nada como principio del universo pero, ya muy rápidamente, postula también la cantidad como base de ese universo. Es decir, no hay ningún aspecto cualitativo para tener en consideración, no existe la metafísica ni la cosmología sino la pura matemática inerte, datos sin más y, en el mejor de los casos, estadística. Justo lo que consideraríamos una pura degeneración del pensamiento si nos restase aunque fuera sólo un poco del pensamiento tradicional. Por supuesto, la generación de nuevos seres humanos no puede ser diferente, sólo puede ser pura cantidad, con lo cual a quién puede extrañarle todo lo relacionado con el aborto y sus detalles más sórdidos, después de todo sólo son trozos de carne, pura cantidad y pura degeneración, por cierto.

Las gentes protestan: "eso no es así puesto que tenemos nobles sentimientos por nuestros hijos". Por supuesto esto no es más que sentimentalismo de la peor calaña y un intento, por lo demás repugnante, de hacer parecer lo aberrante y monstruoso como razonable y aun loable. Tenemos pues una relación clara entre la incapacidad para pensar, el atomismo disgregador, la inevitabilidad de hacerse preguntas acerca de la generación y el sempiterno sentimentalismo que, como siempre, aparece en el momento oportuno para hacer parecer lo que, por lo demás, es una espantosa barbarie como la más razonable y razonada de las civilizaciones. Sin embargo, todo esto no puede ser calificado más que como una absoluta degeneración, eso sí, con "nobles sentimientos por nuestros hijos". 

Resulta imposible no ironizar sobre este tipo de asuntos pues es aquí donde converge la más punzante injusticia con toda una generación de seres humanos condenados de antemano a la barbarie total. Si, como dijimos más atrás, todo es cantidad y esto es bueno puesto que dicha cantidad es, en último término, "inteligencia artificial" y si, además, tenemos "nobles sentimientos" el resultado es que nada puede ser considerado fuera de dichos baremos. Siendo esto así, no puede haber diferencia entre materia prima y sujeto pensante pues son lo mismo y si además incluimos los "nobles sentimientos" no sólo no puede si no que no debe haber dicha diferencia. En caso de haber diferencia supondría herir los sentimientos, los "nobles sentimientos", de, por ejemplo, los robots los cuales no por ser materia prima dejan de ser sujetos pensantes o cómo entonces existiría siquiera la "inteligencia artificial" de la que no paran de hablarnos los modernos. Si esto es así por qué los seres humanos no habrían de ser materia prima y, siendo esto así, por que habría de haber algún problema con el aborto o la explotación infantil, por qué habría de estar mal llevar la gestación de un feto humano a término para aprovechar entonces los valiosos tejidos que después serán clave en la, más valiosa aún, producción industrial. Más todavía, porqué no sería precisamente esto el más noble de todos los sentimientos ¿acaso no se produciría aquí un encuentro "místico" entre la cantidad pura, esa misma que "salió de la nada por gravitación" como dijo un famoso científico moderno, y la inteligencia artificial?

Las gentes replican: "no es cierto, cuando conocemos a una persona ya no es cantidad pura si no que adquiere la dignidad de ser recordado por quienes le quieren". Recordado por quién preguntamos nosotros y querido como materia prima a través de "nobles sentimientos" suponemos. El problema es, como siempre, que todo esto no significa nada, ser recordado por la cantidad pura es un pensamiento ciertamente lúgubre; ser querido como objeto es desolador. Sin embargo, no dudamos de la sinceridad de las gentes y por eso hicimos más atrás las referencias al "subconsciente", etc. que quizá ahora sean vistas desde otro punto de vista. El caso es que el reclamo de las gentes no por sincero es válido, la verdadera dignidad de la persona está basada en su capacidad para la consciencia la cual le hace partícipe de la realidad metafísica misma y es esta consciencia la que hace a esta persona responsable, es decir, esta persona es capaz de amar en el auténtico sentido de la palabra. Es por esta razón que el verdadero amor es incondicional pues no sale, por gravitación o no, de la nada y tampoco de la cantidad pura sino de la realidad última, la posibilidad universal, donde no hay interés o condición posible. 

La posibilidad universal no está limitada por nada más que la pura imposibilidad y esta es una limitación la cual no puede llevarse a la práctica por estar privada de toda realidad, dicho de otro modo y visto desde un punto de vista ontológico esta limitación puede ser expresada como lo indefinido dentro de la cantidad pura, es decir, en el mejor de los casos sería una potencialidad eventual de cualquier cosa eventual pero nada por sí misma, habría que hacer llamada a algo real para que dichas eventualidades cobrasen realidad. Para entendernos, la potencialidad eventual de que alguien tenga frutales dentro de la cual "hay" una manzana eventual no es nada más que una elucubración vana pero, aun así, es inconmensurablemente más "real" que la limitación de la que hablábamos más atrás -la potencialidad eventual en sí misma- incluso vista desde un punto de vista ontológico, puesto que en este caso se trata de algo real, es decir, los frutales y la manzana tienen realidad por sí mismos mientras, en el caso que compete a los modernos, es decir, la cantidad pura en la nada o la nada en la cantidad pura, no encontramos nada real en absoluto. Sus datos y cálculos no son más que estadísticas vacías acerca de nada, para entendernos. 

En esto es en lo que se basa la modernidad y ahora se puede ver que no tiene nada de sorprendente la constante referencia por parte de los modernos a la nada, al subconsciente, etc.; así como su, también constante, manía por lo inconsciente, lo irreflexivo y ese sentimentalismo vacío e inerte que, de hecho, hace incansable llamada a la cantidad pura, sea en forma de consenso o de apelación a la mayoría y a la burda materialidad de las cosas; sea en forma de "experiencias memorables" que no son más que una colección de momentos insulsos vinculados a comer o a comprar o a la más vulgar monetización del tipo que sea y que acaban, irremisiblemente, en un sentimiento de deuda que ahora trataremos.

Ciertamente este sentimentalismo que obnubila a las gentes está vinculado a la deuda pero esto ocurre de forma tan sutil que pocos pueden siquiera sospecharlo. El asunto está en relación con otra noción repugnante de la modernidad que no por deleznable deja de contar con el consenso y apoyo de la mayoría, aparte de ser un "noble sentimiento" por supuesto; se trata del sentido de propiedad sobre los hijos, no se considera aquí la legítima paternidad según la cual los hijos están bajo la responsabilidad de sus progenitores, no, y de hecho esta apropiación de los hijos está cada vez más descaradamente asociada al estado o al mercado, tal y como dicen los modernos sin especificar dónde termina el uno y empieza el otro. 

El caso es que fue toda una generación de padres la que de forma inconsciente, y precisamente por eso tan eficaz, entregó a sus hijos al estado; la forma en la que esto ocurrió es no por prosaica menos merecedora de ser llamada tragedia infame pero para poder efectuarse debió pasar primero por la fase de degeneración de la que hablamos más atrás la cual fundamentó el fraude que ahora domina en esta tierra barbárica. La forma en que esto ocurrió fue mediante lo que se dio en llamar estado de bienestar, fue el bienestar el que cameló los espíritus para doblegarse a la entrega, aberrante y sin garantías, de toda una generación a las fauces del estado y del mercado; los hijos fueron primero considerados una propiedad, luego la propiedad fue tratada como activo, susceptible de participar en el "mercado laboral" como "recurso humano" pero lo más importante es que continuó siendo sujeto pasivo sobre el que cargar deuda. Así pues en el plazo de una sola generación se pasó de hombres libres a objetos pero con la característica, propia de los hombres libres, de poder ser sujeto de "derechos y obligaciones" lo que en la práctica significa sólo obligaciones pues los supuestos derechos acaban reducidos a obviedades que nunca habían necesitado ponerse por escrito como, por ejemplo, el derecho a la vida o el derecho a trabajar. De este modo una generación perversa, cegada por los vicios y sin el más elemental sentimiento humano -habría que preguntar aquí a las gentes por qué precisamente en este asunto no se hace llamada al sentimentalismo o a los "nobles sentimientos"- entregó a una generación inocente a la que primero se le implementaría una tortura de sentimiento de culpa por "disfrutar" el estado de bienestar, para más tarde implementarle un sentimiento de inutilidad por no ser capaces de ser tan potentados como sus padres, aquellos mismos que se beneficiaron de la venta de sus hijos en primer término ganando con ello una ventaja sencillamente imposible de superar.  

El caso es que esa nueva generación fue, sin saberlo, privada de su dignidad vinculada a la realidad misma la cual se obtiene a través de la capacidad para la consciencia como decíamos más atrás; pero además de esta privación se le inoculó un sentido de pertenencia a algo "trascendente" a su individualidad, algo a lo cual debía sacrificar su "voluntad consciente", y ese "algo" no es otra cosa que la "civilización" moderna. El sacrificio sin embargo es considerado por la mentalidad de la época como grato puesto que no implica la "voluntad inconsciente", "lo que realmente somos" según dicen los modernos, es decir, el "subconsciente". Así pues, dejarse llevar por los instintos en un "ambiente" de consenso "con nobles sentimientos" mientras es comprada y vendida en el mercado es todo lo que le quedó a esta generación y ni siquiera importa que no tenga opciones de "competir" debido al "trato" tan desigual con sus padres puesto que, según la propaganda moderna, los padres hicieron una gran heroicidad haciendo posible para sus hijos vivir en el "paraíso moderno" y si fuese posible constatar la trampa entonces se haría llamada a la superioridad de esa generación "por ser mas pilla", fueron más "listos". 

"Bueno, pero eso es todo", dicen las gentes. No, eso no es todo. Nos falta la deuda. Para entender esto hay que regresar a la nada puesto que, como hemos visto, los modernos dicen que todo viene de ahí. Así pues, si todo viene de la nada no existe la providencia, es decir, no hay una realidad metafísica, es decir la posibilidad universal misma, la cual sostiene todo aquello que, de hecho, es posible, lo cual incluye el universo, tal y como lo entienden los modernos, pero también a nosotros mismos en cuanto sujetos conscientes; nada de eso, según los modernos no hay tal cosa, lo que tenemos es simplemente un universo que sale de la nada y que no está sostenido por nada, más aun, es casual con lo cual "lo que hay" no es de nadie pero si alguien se hace con ello es legítimo porque aunque no es de nadie si alguien fue tan "listo" de apropiárselo entonces eso, su "inteligencia", le legitima a quedárselo, además si ocurriese que dejase de ser "listo" algún día lo perdería por que se lo arrebataría otro "listo", con lo cual todo esto es justo, es la "ley del mercado" como dicen los modernos. Además esa "inteligencia" también viene de la nada y como, obviamente, no hay nada por encima de ella entonces esa tal "inteligencia" es lo más elevado, lo más sagrado y puesto que ese universo salido de la nada es puramente cuantitativo puesto que no existe ninguna cualidad trascendente al dicho universo, esa "inteligencia" es artificial. Entiéndase bien esto, lo más trascendente en el universo moderno es la "inteligencia artificial", es decir la acumulación de datos y la "voluntad inconsciente" de los instintos que "flotan en el océano del subconsciente". Por lo demás, la "voluntad consciente" no puede existir puesto que implicaría la trascendencia metafísica, la cual presupone la posibilidad universal, la cual no existe porque "todo viene de la nada por gravitación". Así pues, no hay providencia sino "inteligencia", ser "listo", y esto implica una competencia, la libre competencia tan querida a la mentalidad moderna, con lo cual el objetivo de la vida es ser el más "listo". Obsérvese que aquí ya no queda nada del amor incondicional del que hablábamos más atrás, aquí lo que tenemos es interés y condiciones. Llegados a este punto quien quiera comprenderá sin dificultad cómo una generación de padres pudo vender a sus hijos sin el menor sentimiento de culpa.

El caso es que por fin hemos llegado al punto clave de la deuda: la "inteligencia artificial" generó este "paraíso maravilloso" llamado modernidad en el cual se actuó en consecuencia convirtiendo a los seres humanos que vivían "en las tinieblas de creencias medievales" en "recursos humanos", dichos recursos viven ahora "felices" en la voluntad inconsciente de los instintos que flotan en el océano del subconsciente, los cuales se llevan a cabo o "realizan" en el mercado el cual es estupendo puesto que tiene "libre competencia" lo cual posibilita el interés y las condiciones, el mismo interés y las mismas condiciones que van a configurar la deuda pues estas son "leyes universales", el fundamento mismo de la "civilización". Hasta aquí "todo bien", el "estado de bienestar" funciona pero hay un par de problemillas: quién se hace cargo de mantener toda esa civilización en marcha y qué pasa con la degradación del medio ambiente y la escasez de recursos, inherente todo ello de semejante "cosmología". Bueno, eso se soluciona con más "inteligencia artificial" la cual ahora "evoluciona" y genera una "élite", unos "superlistos" que se ocupan de todo, tanto de mantener a la civilización en marcha como de arreglar el medio ambiente y encontrar o inventar recursos. Eso sí, los "no superlistos" contraen una deuda con los "superlistos". No "una" deuda sino "la" deuda.

"¿Cómo?", preguntan las gentes. No hay nada de sorprendente, basta con seguir los pasos naturales que habían comenzado con la propuesta de un universo fundamentado en la nada pero en el cual hay cantidad, después "apareció" la "inteligencia" y por último la evolución "hizo surgir" a los "superlistos" los cuales actuaron en consecuencia a estas "leyes universales" y el resultado final no podía ser otro que la tiranía total mediante la "deuda perpetua" como es llamada ya en los ambientes más "refinados" de la intelligentsia moderna, los "superlistos" encontraron la manera de apropiarse de los recursos humanos mediante la seducción del "estado de bienestar" y el otorgamiento de "derechos y obligaciones" a los "no listos" en el contexto de una "idílica" sociedad plural "que no deja a nadie atrás". 

De aquí a la culpa sólo hay un paso, ese "estado de bienestar" no podía más que convertirse en un monstruo hambriento de recursos de toda índole lo cual sólo podía llevar a la escasez y la destrucción a todos los niveles. Pero ¿Quiénes serían los culpables del desastre? Por supuesto es imposible que los culpables sean los "superlistos" pues no hicieron más que seguir devotamente las "leyes universales" tanto en el estado como en el mercado. Los culpables sólo pueden ser los "no listos" por eso debe imponérsele una carga y debe pagarla. Esa es la deuda, la total servidumbre a los "superlistos", sacerdotes de la nada, mediante el sentimiento de culpa. Los "no listos" son los culpables de los "problemillas" del paraíso moderno, es decir, la generación que fue vendida por sus padres es la que tiene la culpa, es "la que debe" y el pago se efectúa mediante la entrega de todo lo que tiene, o vaya a tener, excepto la "voluntad inconsciente" claro está, es decir, lo debe todo y es un completo esclavo al que, sin embargo, se le concede la posibilidad exclusiva pero, eso sí, libre y gratuita de obedecer ciegamente a sus amos. Este es el verdadero consenso y es además perfectamente "ético" puesto que lo que somos es "voluntad inconsciente" y esta no se toca en ningún momento, el esclavo dispone siempre de una "salida" para sus instintos. Así pues, tenemos en todo esto una mezcla de agradecimiento por el paraíso que disfruta, de sentimiento de culpa por no ser "listo" y además destruir el planeta y, por último, de reconocimiento de "la verdad", es decir, que "este paraíso moderno es el mejor posible". 

Puede verse ahora que el problema "está solucionado", la deuda lo ha solucionado todo, los peores o "no listos" no tendrán nada pero agradecerán que se les deje vivir en el paraíso, se sentirán culpables pero es lógico porque de hecho lo son y reconocerán siempre este orden de cosas como el único deseable, el ideal, por que cómo no habría de serlo. En cuanto a los "listos", ahora "superlistos" gracias a la evolución, gobernarán a los "no listos" mediante dicha deuda y, como es lógico, disfrutarán de ser la "élite" de esta gran "civilización", si faltan recursos se les quitarán a los "no listos", como es lógico; si los "no listos" son demasiados o dan problemas se les mermará, como es lógico. 

Así es la modernidad, ha fracasado pero jamás lo reconocerá puesto que sus sentimientos "son nobles" y la inteligencia artificial es la única que existe: un auténtico callejón sin salida. Es inevitable. Esto es lo que ocurre cuando, como decíamos al principio, se piensa de forma fragmentaria, cuando se abandona todo conocimiento verdadero para zambullirse en el océano del subconsciente y cuando toda la realidad concebible es forzada a adecuarse a lo infrarracional mientras se justifica todo ello haciendo llamada a un burdo, vano y engañoso sentimentalismo.   

lunes, 28 de septiembre de 2020

La modernidad ha fracasado

En los anteriores capítulos se ha tratado aquello imprescindible para la vida en el mundo, independientemente de los aspectos más burdos de la subsistencia; aquello esencial para poder hablar de una vida propiamente humana. Hemos podido rechazar algunas nociones muy arraigadas en las gentes debido a la falta de lógica de las mismas y también hemos dejado bien claro que al hablar de lógica no podemos más que referirnos a los fundamentos mismos de la intelección. Al hacer todo este trabajo ha quedado claro que el hecho de ser humano tiene que ver con la responsabilidad, las capacidades intelectuales no hacen más que arrojar luz sobre la necesidad de actuar en consecuencia con aquello que es profundamente lógico y, de hecho, es el cumplimiento de esta necesidad lo que constituye la responsabilidad misma. Así pues, la responsabilidad no tiene nada de sentimental, entendiendo este sentimentalismo como el ámbito de lo ambiguo, y, más aun, la responsabilidad no puede nunca vincularse al consenso el cual es, por definición, irresponsable. Y esto es así aun cuando, mediante el profundo sentimentalismo, el consenso lleve a la contrahechura de la responsabilidad haciendo llamada a la unanimidad, a la cantidad pura, como autoridad para la definición de cualquier aspecto que se presente en la vida.

No obstante, tenemos actualmente en el mundo una negación completa de todo lo dicho hasta aquí. Desde hace ya varios siglos ha sido impuesta una forma de ver la vida que está basada en la pura irresponsabilidad y desde hace sólo unas pocas décadas esta "visión" se ha convertido en la única deseable e incluso aceptable. Por supuesto, todo esto desafía los fundamentos mismos de la lógica puesto que si la irresponsabilidad es mala, tal y como hemos demostrado en el capítulo anterior, ¿Cómo vivir en un mundo que sólo acepta la irresponsabilidad como modo de vida? Esto debería, en buena lógica, ser inaceptable. El caso es que vivimos en una "cosa" que no solo no rechaza la irresponsabilidad sino que, de hecho, rechaza la responsabilidad misma. Esta "cosa" dice de sí misma ser una civilización, no una más entre muchas si no la Civilización, la única de verdad digna de dicho nombre y debido a esta certeza en su grandeza y unicidad afirma autoritativamente ser la única aceptable. Esta "visión" totalitaria hace de este engendro, que en realidad nunca mereció el título de civilización, no un rival de la civilización sino un usurpador del concepto mismo que ahora trataremos.

Civilización es el nombre que se le da a un determinado orden de cosas en el ámbito del mundo el cual está presidido por la especificidad humana, es decir: los seres humanos, deviniendo conscientes de lo que son, de su dignidad y de su responsabilidad, se someten voluntariamente a la lógica pura que de hecho les hace humanos. Comprendiendo lo que hemos tratado hasta aquí, el ser humano toma consciencia de la necesidad de organizar ordenadamente todos sus asuntos, desde los aspectos más mundanos a los más elevados, para poder ser responsable y evitar la catastrófica irresponsabilidad que arrebataría la dignidad, la cual es imprescindible para mantener la integridad la cual le hace partícipe por identificación a aquello que le define como humano. La civilización se constituye pues con la aplicación en el ámbito del mundo de un orden transcendente a ese mismo mundo. La responsabilidad de la civilización es garantizar un statu quo en el cual cualquier individuo humano pueda acceder a la dignidad que le corresponde por su propia naturaleza. Este ámbito incluye todos los elementos que sean susceptibles de ser utilizados por el hombre pues en caso de dejar alguno fuera el orden estaría incompleto o tendría un elemento disolvente el cual, lógicamente, comprometería el orden general mismo y con él la propia civilización.

Llegados a este punto ya está claro que la irresponsabilidad es inaceptable en una civilización al hacerla de hecho inviable pues, ¿Cómo habría de ser viable si ante la función necesaria para el orden que dicha civilización establece se permite, al mismo tiempo, la falta de responsabilidad en el cumplimiento de tal función? Esta responsabilidad particular es subsidiaria de la responsabilidad total de dicha civilización asentada en torno a sus principios fundamentales, los cuales no pueden ser diferentes de los que hemos tratado hasta aquí, pues entonces serían ilógicos. Así pues, una civilización merecedora de tal nombre debe ser refractaria de la ambigüedad y sus principios fundamentales deben estar totalmente alejados del sentimentalismo y el consenso.

En este punto las gentes protestan: "la modernidad está fundada en la ciencia, la cual es lógica, con lo cual es lo más responsable que de hecho es posible; así pues, la modernidad es una civilización y debido a sus principios de solidaridad, hermandad, etc., es, de hecho, la única civilización deseable". La protesta es inaceptable puesto que la tal ciencia no hace referencia más que a una aproximación cuantitativa, basada en la probabilidad estadística, acerca de asuntos puramente accesorios a la vida, tal y como la hemos definido aquí. La tal ciencia no es lógica en todo el rigor de la palabra pues la probabilidad estadística es ella misma ambigua y el hecho de llamar ciencia a una disciplina autolimitada a la observación de los aspectos más bajos de la existencia, sin tener en cuenta todo aquello que la rebasa, es también ilógico e impropio de una verdadera ciencia. La tal ciencia, lejos de sus megalómanas pretensiones de explicarlo todo, no explica en realidad nada, pues sus conclusiones están contaminadas por la cortedad de miras de sus adeptos y, de hecho, sólo en esta medida "lo explican todo".

Al hacer las cosas de este modo, la tal ciencia demuestra cualquier cosa menos responsabilidad pues empuja a todos los incautos que logra engatusar a una visión completamente fantasiosa del mundo y de la vida. Esto implica que aquellos con mejores disposiciones intelectuales, aquellos que por su propia condición tienden hacia la responsabilidad lógica, queden relegados arrebatándosele así la dignidad a los que más valen, de modo que este "cientificismo" ni llega él mismo a ninguna parte, con su utilitarismo nihilista, ni deja a nadie llegar a algo más que a elucubraciones vacías de significado.

Las gentes finalizan su argumento haciendo llamada al sentimentalismo y la ambigüedad, pero la modernidad da muestras tan sobradas de ser incapaz de cumplir con ninguna de esas pretensiones que no insistiremos en repetir lo que hasta aquí ha quedado como más que evidente siempre que se hace llamada a esos vagos argumentos y declamaciones fraternalistas. El caso es que son éstas precisamente las marcas de la contrahechura, si la modernidad fuese una barbarie sin más no habría tanto problema pues siempre podría civilizarse, pero la modernidad no sólo no admite la posibilidad de ser bárbara sino que se reclama como la única civilización merecedora de tal nombre y lo hace precisamente en este sentimentalismo ambiguo, de buenas intenciones; nociones generales que nadie consideraría malas en sí mismas pero que son tan indefinidas que son, de hecho, imposibles de entender pues la solidaridad, por ejemplo, puede ser entendida de formas contradictorias aun cuando se haga llamada a la universalidad en las dos tesis confrontadas. Así pues, para ilustrar con un caso, la solidaridad entre obreros se dice universal pero entra en contradicción con la solidaridad entre obreras la cual también es universal, según los modernos; si se incluyesen hombres entre las obreras habría insolidaridad para con las mujeres mediante la usurpación de los hombres; si se incluyese a las mujeres en los obreros serían los hombres los que se quejarían pero también las mujeres, de hecho es ahí donde se originó la necesidad de la solidaridad de las obreras. Los modernos no ven aquí la contradicción insalvable entre la división de esos conceptos y la universalidad que se le pretende aplicar, sólo importa el sentimentalismo de "no discriminar a nadie" cuando lo que se ve "discriminado" en semejante asunción es la lógica y aún la inteligencia misma.

Así pues, nunca se hace llamada a la definición de solidaridad y a la raíz de ésta, de hecho, la solidaridad debe ser algo bueno pues si no, por qué hacer referencia a ella como algo deseable; siendo así, debe ser íntegra y no debe haber ambigüedad. Todo ello en su conjunto conduce a la necesidad de una jerarquía de solidaridad puesto que algo mundano puede ser visto como solidario por unos pero como insolidario por otros que prioricen lo elevado; esto, a su vez, hace llamada a la necesidad de una autoridad transcendente que pueda regular la correcta solidaridad en un ámbito dado. Si lo que hacemos es simplemente una llamada sentimental a la solidaridad, sin más, sólo hacemos demagogia que es, exactamente, en lo que se basa la modernidad a la hora de valorarse a sí misma como la única civilización posible.

A estas alturas está todo muy claro, la modernidad es la contrahechura de la civilización y está lo más lejos que es posible de la auténtica civilización. Pero es precisamente por ser una contrahechura que nos vemos en la obligación de declarar que ha fracasado puesto que en sus aspiraciones civilizatorias ha hecho todas las promesas imaginables y, más aun, ha inventado la realización de dichas promesas llevando al mundo a la catástrofe total. Por ejemplo, siempre que se ha visto la incapacidad de la modernidad para garantizar la abundancia se ha forzado el frenesí industrial al límite haciendo una falsa abundancia de cosas innecesarias y fabricando después la necesidad misma de dichas cosas. Al mismo tiempo, se ha incidido en la impostura elaborando la propaganda conducente a olvidar lo que se había prometido en primer término, la abundancia, mediante la saturación masiva de información conducente a la idea general de una tal abundancia: siempre que haya mucho de "esto" se enfatiza el hecho de que eso fue fruto de la modernización, cuando haya poco de "aquello" se enfatiza el hecho de que fue debido a la falta de modernización. Si en China hay arroz fue gracias a los herbicidas, si en África mueren de hambre es porque no modernizaron su agricultura; no existe siquiera la idea de que si hay arroz en China es por que llevan miles de años cultivándolo y saben cómo hacerlo sin necesidad de herbicidas o de que si mueren de hambre en África es por que los modernos destruyeron la sociedades tradicionales que garantizaron siempre la subsistencia y que, de hecho, hicieron de ese continente un lugar de conocida abundancia.

La modernidad es propaganda y uno no puede retirar de su definición la propaganda pues de hacerlo ya sería imposible definir a la modernidad. Por esto es necesario declarar su fracaso pues ella misma jamás lo hará, no puede hacerlo. La modernidad es la traducción colectiva de la ilusión individual de una vida basada en la irresponsabilidad. No se puede esperar que salga de ahí responsabilidad pues uno no trata más que con una influencia psíquica que fue fundada en la base de la irresponsabilidad misma, la cual inevitablemente está arropada con ambigüedad -cómo si no sería siquiera imaginable- y sentimentalismo - cómo si no sería aceptada por la masa-. Es decir, al tratar con la modernidad no tratamos más que con una noción mental tan baja que de hecho se encuentra por debajo de lo racional. De hecho, aquí debería uno preguntarse por qué los modernos no paran de invocar lo "subconsciente" o el "inconsciente colectivo" cada vez que tienen ocasión. De hecho es curioso que los modernos apelen siempre a una supuesta inevitabilidad en sus asuntos generales como siendo estos "naturales" y, sin embargo, a la hora de las consecuencias se hable siempre de como podrían haber sido evitadas de no ser por lo irracional de las masas. Según esto, los procesos económicos son naturales pero cuando estos, a través de la más desenfrenada codicia, generan miseria y esta, a su vez, violencia, no estamos ante algo natural sino ante el fruto de los impulsos "subconscientes". Pero lo cierto es que la modernidad habla muy favorablemente de esos procesos económicos, más aun, los considera imprescindibles para la Civilización y, sin embargo, se desentiende de sus consecuencias como siendo algo ajeno, procedentes de un pasado oscuro y malévolo que, mágicamente, reaparecen de cuando en cuando en forma de "ciclos de desorden" para estropear el paraíso moderno. Todo esto es una irresponsabilidad total, desde luego, pero también una enfermedad mental pues cómo sino puede esto ser entendido como natural e inevitable.

Así pues, en los argumentos de las gentes no hay más que propaganda, la más susceptible de parecer verosímil primero: la "ciencia". Cuando esta ha conseguido confundir a los que hubieran demandado pruebas de viabilidad, viene la segunda remesa propagandística: los "valores". Por supuesto, dichos "valores" no son más que delirios sin fundamento, palabras altisonantes pero conceptos ambiguos, imposibles de llevar a la práctica como es imposible llevar a la práctica el "valor" de la "deliciosidad universal", pongamos por caso. ¿Qué puede ser esto más que un concepto engañoso? ¿Cómo habría de concretarse semejante disparate? Pero la propaganda no pretende concretar nada, sólo pretende obnubilar las mentes y tomar el control de la masa mediante la fabricación del discurso. Esto es la modernidad, un discurso.

El problema es que al eliminar la civilización que estaba antes, el discurso ha parecido una civilización, se ha aparecido a las gentes como una civilización; y es el propio discurso el que ha hecho de la modernidad la única civilización deseable puesto que si todo es propaganda ¿por qué detenerse en ideas realizables? ¿por qué no soñar con lo imposible? La maleabilidad de esta postura moderna de sólo discurso permite atribuirse los "éxitos" y rechazar los fracasos ajustando la propaganda según sea necesario, pues es la sola propaganda la que es tomada como responsabilidad en esta "civilización"; sólo necesita garantizar "el sueño", todo lo demás se apaña como haya menester.

Por esto es necesario el auxilio de la "ciencia" puesto que, para que el conjunto moderno sea verosímil, no sólo debe vender humo a los incautos, debe parecer real, debe tener la base de un conocimiento y este debe ser comprobable experimentalmente. El problema es que esto sigue, aun así, siendo pura propaganda puesto que "un conocimiento" no es el conocimiento, el cual debe ser íntegro, total, para ser base de una civilización auténtica. En cuanto a la comprobación experimental no demuestra nada por sí misma y hay en esto una suerte de superstición de gran importancia para la impostura moderna. Es precisamente aquí donde se establece la conexión con esa pretendida naturalidad y necesidad de los asuntos modernos que hablábamos más atrás. Debido a esa comprobación empírica el disparate, por burdo que sea, ya no es tal y se autoinviste de toda la seriedad y rigor de la observación experimental pareciendo algo incluso trascendente. Se genera así ese fraude intelectual según el cual el aspecto inferior o, si se quiere, material de las cosas es precisamente el garante de su sublimación; y esto es así debido precisamente a su observación minuciosa y rigurosa, lo cual se considera sublime en sí mismo, con lo cual sublima lo que interese en cada caso. A nadie debiera sorprender que la modernidad haya hecho de la observación de las micropartículas de la materia y de los cuerpos celestes del macrocosmos su mayor y más mimado éxito científico y que sea precisamente la completa inutilidad de semejante "obra" su aspecto más "espiritual"; aquello que, siempre según la propaganda moderna, nos va a llevar a descubrir los "misterios del universo".

Una vez aclarado todo esto debemos detenernos aún en el hecho de que la modernidad ha fracasado precisamente al haber triunfado. El triunfo absoluto sobre todas las civilizaciones preexistentes ha presentado un desafío inaudito para la modernidad. Después de siglos de barrer bajo la alfombra sus propias porquerías, la modernidad se ha quedado sin alfombra, ya no queda ningún "sistema" alternativo, ningún chivo expiatorio al que culpar debido a la expansión total de la modernidad en todo el mundo. La única "solución" fue fabricar un enemigo pero esto también planteó un problema, el enemigo tenía que ser, obviamente, la propia modernidad o una de sus partes y, puesto que ya no queda nada más, se hicieron intentos de resucitar ciertas supuestas "tradiciones", pero la mascarada no pasó del ridículo contradictorio entre, por un lado, la más que obvia modernidad de esas supuestas tradiciones y, por otro, la impostura grotesca de su supuesta esencia tradicional puesto que las "autoridades tradicionales" de esos experimentos no eran más que estudiantes universitarios en los centros principales de occidente, donde la propaganda moderna es el pan de cada día. El resultado final es que los modernos se enfrentaron a unas supuestas tradiciones que no eran más que subproductos grotescos de esa misma modernidad infectados con todos sus vicios e incapacitados para otra cosa que no sea la más obscena corrupción.

Es así como hemos llegado al total fracaso moderno, la propaganda ya no puede vender "el sueño" pues se ve obligada, para subsistir, a destruirlo ella misma. Muchos se asombran de por qué se escuchan cada vez más los planes de despoblación mundial, de pauperización de algunas zonas del globo para mantener otras más ricas y pauperización a su vez dentro de las propias zonas en cuestión, pero esta vez a través de una división en "clases sociales". Otros observan aterrados la falta de esperanza en el futuro a través de unas, cada vez más frecuentes, distopías aberrantes en la literatura y el cine que permean, a su vez, a unos supuestos "movimientos sociales" que ni son movimientos, puesto que nunca van más allá de la realidad virtual de las "nuevas tecnologías", ni son sociales, puesto que su núcleo mismo está descaradamente manipulado por manos negras, haya consciencia de ello o no,  que sirven invariablemente a los intereses de unos pocos. Lo cierto es que no hay nada de sorprendente en todo esto, simplemente la modernidad no puede ocultar su fracaso, no es una civilización ni una barbarie siquiera, es una contrahechura monstruosa condenada de antemano a su propia destrucción. Es sólo en la medida en la que permanecemos incapaces de ver su fracaso que estamos expuestos a acompañarla en su funesto final y en la medida que nos acostumbramos a las consecuencias de dicho fracaso que lo llamamos normalidad. Todo esto ocurre a través de los mecanismos propagandísticos que hemos visto más atrás y esto continuará así hasta que la modernidad sea totalmente inviable y, entonces, llamemos a eso "muerte natural" o "inevitable final".

Quien quiera salvarse tendrá que aceptar el fracaso de la modernidad, quien no lo acepte sólo podrá caer víctima de una trampa psíquica que supera con mucho la inteligencia individual; las gentes estarán convencidas de salvarse precisamente porque se ahogan, y se ahogan debido al estrangulamiento mismo que se autoinflingen mientras creen estar escapando de él. Para explicar, en la medida de lo posible, este fenómeno y siguiendo el ejemplo anterior, África estará más y más convencida de su falta de modernización cuantos más africanos se mueran de hambre aunque esto sea debido, en realidad, a las consecuencias de su modernización y es, precisamente, el ver a sus gentes morirse de hambre debido a esas consecuencias modernas lo que hace a los africanos tener clara la necesidad de seguir modernizándose.

Visto desde el otro espectro de la geografía moderna, la falta de futuro de los jóvenes occidentales es consecuencia de los procesos finales de la modernización en ese área geográfica; sin embargo, será imposible encontrar a alguien que aconseje a estos jóvenes otra cosa que continuar la senda macabra de ese proceso suicida. De hecho, confesamos no haber encontrado en ningún lugar ninguna voz que abogue por una salida de la modernidad como posible solución para esta generación expoliada; todo lo contrario, se escuchan por doquier todo tipo de disparates demenciales, vendidos como lo más moderno y deseable, como solución para las vidas indignas de estos desdichados, de los cuales, por lo demás se dice, y además abiertamente, que nunca dejarán de ser adolescentes. La modernidad les ofrece desde la "monetización" de sus vidas privadas -curioso eufemismo para prostitución- hasta la participación en la realidad virtual de las redes sociales como finalidad de una vida robotizada que, de algún modo misterioso, les compensará por su falta de vivienda propia, la imposibilidad de conformar una familia o, simplemente, por el hecho de no poder vivir por sí mismos aun al nivel de la propia subsistencia puesto que, después de todo ¿alguien se ha parado a pensar cómo subsistirá esta generación de "adolescentes perpetuos" cuando mueran sus padres? Ni siquiera haremos referencia aquí a los aspectos más elevados del ser humano pues, aun refiriéndonos a lo que en otros tiempos se consideraba lo mínimo imprescindible para una vida digna, aun así, nos quedamos lo más lejos que de hecho es posible en estas "soluciones" modernas para los jóvenes occidentales.

Por supuesto quienes podrían decir algo al respecto de estas cosas y que pertenecen unánimemente a una generación anterior, están demasiado ocupados en vivir, ellos mismos, la parte "dulce" del sueño moderno en el cual es inimaginable vivir sin la garantía de las comodidades materiales y donde tampoco puede faltar el consuelo "espiritual" que lave sus conciencias, que les ayude a no pensar más que en su propio futuro personal cortoplacista. Nadie sugiere, siquiera sutilmente, que esa carencia de lo más básico para la dignidad de las nuevas generaciones hubiera sido imposible sin la modernización, llevada a cabo en toda su amplitud, y que quizá, solo quizá, la solución sería precisamente dejar el problema, es decir,  a la propia modernidad a un lado y plantear una auténtica solución que sólo podría ser estrictamente "no moderna".

En conclusión, no podemos considerar a la modernidad más que como una pura alucinación aun cuando percibamos sus consecuencias de una forma muy real; un disparate siniestro que, mediante la usurpación y un proceso minucioso de infiltración sostenido en el tiempo, ha logrado hacer pasar por verosímil su "civilización". No puede ser considerada como otra cosa que una alucinación puesto que, de otro modo, caeríamos en la trampa de percibirla como legítima y, una vez digeridas sus propagandas, como, de hecho, la única auténticamente legítima. Compréndase bien que sólo podrá escapar de este monstruoso laberinto aquel que esté dispuesto a asumir su responsabilidad irrenunciable de vivir civilizadamente según el orden trascendente, el cual está enraizado en la lógica pura, la cual, precisamente, le define como humano. Las consecuencias de descuidar esta tarea son tan monstruosas que es difícil encontrar las palabras adecuadas, sin duda lo más aterrador es la pérdida de la noción misma de estar presenciando lo, por lo demás, obvio de esta aberración; esa naturalización de lo anormal, esa certeza del caos inevitable, no puede ser más que la presencia ominosa de lo infra humano invirtiendo todo orden natural auténtico y haciendo, de hecho y al final del proceso, imposible aún la vida misma.

jueves, 30 de enero de 2020

La usurpación de la autoridad


Aceptando la sugerencia presentada ampliamos la cuestión de la responsabilidad dándole la vuelta a la cuestión y planteando la problemática de la irresponsabilidad. Así pues, la pregunta es: ¿Qué ocurre cuando hay una total falta de responsabilidad?

Entonces, si la responsabilidad quedó definida en el anterior capítulo como compromiso con la aceptación del bien, entendiéndose éste como el todo por exclusión de la pura nada; luego la definición contraria debería plantearse como compromiso con el rechazo del bien, entendiéndose éste como la nada por exclusión del todo.

Sin embargo, las gentes se apresuran a protestar: “no es cierto, queremos el bien pero no queremos hablar del todo o la nada”. Esto es inaceptable puesto que ya quedó demostrado anteriormente que no se puede hablar de bien con propiedad sin ajustarlo a las leyes de la lógica. De otro modo, deberíamos ajustarnos a la ambigüedad como norma, lo cual también quedó demostrado como inaceptable pues la propia ambigüedad es engaño, el cual es negativo, con lo cual no es admisible como parte del bien. También se refutó la tesis del gris como punto medio entre blanco, es decir, el bien y negro, es decir, el mal. El punto medio sólo es aceptable en el ámbito de lo particular, por ejemplo cuando decimos que queremos agua ni muy caliente ni muy fría sino tibia, para lavarnos las manos; pero es inaceptable en el ámbito de lo universal, por ejemplo cuando pretendemos que ante una acusación de asesinato se nos retiren los cargos en base a que no asesinamos ni todo ni nada sino que sólo asesinamos a la víctima un poco, con lo cual su muerte no pudo ser del todo a causa de nuestro “un poco”, con lo cual no se puede concluir que hayamos asesinado a la víctima la cual debió haber muerto por otra cosa.

Lo que tratamos aquí es acerca de la responsabilidad, o la falta de ella, y acerca del bien como constituyente de la propia realidad en cuanto sólo limitado por la pura nada. El lector debe comprender entonces que tratamos una cuestión universal y no particular. Debe entenderse también que para tratar cualquier asunto con seriedad es imprescindible atenerse a las leyes de la lógica, especialmente a sus tres principios básicos:

1.      El principio de identidad: la cuestión que se esté tratando es idéntica a sí misma, no puede cambiar para adecuarse a los intereses de un interlocutor pues sería lesivo para el otro interlocutor, con lo cual sería imposible ser serio, justo o razonable.

2.      El principio de no contradicción: la cuestión que se esté tratando no puede verse condicionada a la ambigüedad pues, de otro modo, se desvirtúa la cuestión que se trata atacándola en su universalidad para particularizarla al gusto del interlocutor en cuestión. Por ejemplo, la universalidad de la vida no puede condicionarse a la ambigüedad puesto que desvirtuaríamos la vida haciéndola partícipe de la muerte, lo cual es absurdo.

3.      El principio de razón suficiente: la cuestión que se esté tratando debe tener una conexión lógica, a través de razonamientos, con la respuesta que se propone como conclusión acerca de dicha cuestión. Por ejemplo, al plantear la pregunta acerca de qué ocurre cuando se da una total irresponsabilidad, debemos dar una respuesta coherente acerca de aquello que se está preguntando sin escabullir la cuestión.

Por fin, hemos llegado al punto necesario para responder a la pregunta con propiedad sin dejar que el sentimentalismo, la ambigüedad o la confusión nos desvíen de la corrección de la respuesta.

Así pues, cuando hay una total falta de responsabilidad lo que ocurre es el puro mal, es decir, estamos introduciendo en la vida la muerte. La misma vida que nos fue dada queda ahora sometida al ámbito de la muerte puesto que a través de la irresponsabilidad no hay forma posible de participar de la vida y quien queda sometido a esta suerte sólo tiene acceso a la ambigüedad, es decir, al puro engaño. Su cuerpo permanece vivo pero su mente está atrapada en el delirio de la ambigüedad, es decir, en la inconsciencia, la pura inercia. Esta mente cree tener libertad y es cierto que la tiene, pero sólo en el ámbito del engaño el cual, como quedó demostrado, es la nada. Esta mente queda pues enredada en el mal y sólo la responsabilidad podrá quitarla de ahí. Ahora bien, la pregunta habla de total falta de responsabilidad con lo cual es oportuno decir aquí que esa responsabilidad necesaria para que esa mente se desenrede del mal, no puede provenir de esa misma mente de la cual se ha dicho que tiene una total falta de responsabilidad. Así pues, esta mente necesita el auxilio de la responsabilidad trascendente, pues su responsabilidad individual ha quedado usurpada por la total falta de responsabilidad.

Por otro lado, esta mente irresponsable no sólo usurpa la responsabilidad individual que necesariamente esta mente tuvo que tener en algún momento para acceder siquiera a la existencia, sino que, esta mente irresponsable, tiene acceso al cuerpo de dicha mente, es decir, no sólo quedan usurpados los pensamientos sino también los actos.

En este punto las gentes protestan: “si eso fuera así entonces nosotros no seríamos nosotros, estaríamos poseídos por algo ajeno a nosotros; pero si sabemos que estamos vivos, entonces tenemos que ser nosotros; cómo pues nos habrían de poseer sin nosotros haberlo sabido”. El problema aquí estriba en la cuestión de la recta intención y nos lleva de regreso al asunto de la autoridad trascendente. Tal y como arguyen las gentes uno se podría ver tentado a suponer que la responsabilidad es innecesaria pero lo cierto es que nuestra capacidad intelectiva nos atestigua que eso no es posible puesto que eso implicaría que la autoridad trascendente no existe, luego no tenemos libre albedrío pues estaríamos esclavizados por la ambigüedad constante. Siendo así no podríamos tener ninguna certeza, entonces cómo saber que estamos vivos.

La resolución al dilema pasa, necesariamente, por la aceptación de que nosotros somos nosotros precisamente debido a la autoridad trascendente. De otro modo, nunca podríamos decir nosotros somos nosotros como lo hacen las gentes, así pues, su protesta es inaceptable.

Aparte de esto, tenemos que tratar la cuestión de la recta intención la cual no debe ser olvidada puesto que la única conexión posible entre la autoridad trascendente y nuestra individualidad, para que podamos decir con toda propiedad que estamos vivos, es precisamente la recta intención. Es decir, la recta intención es aquello que hace que mis pensamientos y mis actos sean acordes a la vida, y esto no puede hacerse sin responsabilidad. Así pues, si sabemos que estamos vivos es debido a que cumplimos las condiciones indispensables para llegar a semejante conclusión, a saber, de algún modo, por vago que sea, aceptamos que existe una autoridad trascendente, aceptamos que la vida implica consciencia y aceptamos que es imprescindible para ello prestar atención. De algún modo lo aceptamos, pero en algún momento desviamos la ruta hacia la ambigüedad, es decir, no tenemos una recta intención y pasamos a negar, mediante la ambigüedad y el sentimentalismo, la autoridad trascendente; y hacemos todo esto porque esa ambigüedad y ese sentimentalismo que nos confinan al ámbito del engaño nos conducen a un estado de inconsciencia. Así de fácil se pasa de la sensatez al delirio, y por esto es imprescindible mantener la atención, la consciencia y la responsabilidad con una recta intención.

A estas alturas debería ser fácil comprender que la irresponsabilidad total lleva, necesariamente, al desastre total. Sin embargo las gentes no se rinden y arguyen: “no sabemos nada de eso de la recta intención pero sí sabemos que tenemos buenas intenciones y eso basta” Inaceptable. Compréndase bien que la ruptura con los principios antedichos implica, necesariamente, la usurpación del bien. Es decir, la propia noción de bien que tiene el individuo que se deja llevar por las buenas intenciones no participa del bien trascendente sino que, de hecho, lo niega; sin embargo, el individuo sigue utilizando el mismo término “bien”, pero desvirtuado de su sentido original. Esta aberración es probablemente la consecuencia más monstruosa de la irresponsabilidad puesto que el irresponsable está convencido de estar haciendo el bien y si alguien le hace ver que se equivoca se sirve de la ambigüedad para salir del paso quedando intacta la sensación, que este individuo tiene, de estar haciendo el bien. Por supuesto, un irresponsable tal no se ve a sí mismo como irresponsable y cómo habría de hacerlo en medio de la pura ambigüedad, es decir, en medio del puro engaño. La irresponsabilidad y la propia ambigüedad son por esta razón extremadamente contagiosos con lo cual a nadie debería sorprender la relación que se establece entre la irresponsabilidad, la ambigüedad y la sugestión. He aquí, de hecho, la razón de la obstinación de las gentes. Concluimos pues que las buenas intenciones, las cuales son siempre particulares, no bastan y la recta intención, la cual es necesariamente universal, es imprescindible para alcanzar la responsabilidad.

Las buenas intenciones son, de hecho, incompatibles con la recta intención puesto que, aunque no exista una plena consciencia de ello, lo cierto es que implican siempre un cierto grado de ambigüedad llevando a la mente al desastre mediante la usurpación del sentido de bien. Nos explicamos: las buenas intenciones son sentimientos, es decir, no forman parte de lo universal pues los sentimientos son ininteligibles si no hay un individuo que los adopte de modo que particularice el sentimiento en cuestión. Por ejemplo, el sentimiento de amor por una joya no tiene sentido en sí mismo y sólo se hace inteligible si lo asociamos a un individuo el cual, ahora sí, hace que dicho sentimiento se particularice: “Fulano ama aquella joya”. Sin embargo, lo universal, es decir, lo real, tal y como ya ha quedado definido anteriormente, sí es perfectamente inteligible sin necesidad de que ningún individuo lo particularice: “el bien es amor”. Así pues, “joya es amor” es ininteligible y nuestra mente exige saber qué joya puede ser esa o quién dice tal cosa; por la contra, “el bien es amor” es perfectamente inteligible y nuestra mente puede preguntarse acerca del amor e incluso puede plantearse que alguien diga tal cosa, pero no lo necesita para entender que la frase, en sí misma, es perfectamente comprensible. Esto es debido a que todos tenemos una capacidad para percibir el sentido trascendente de ciertas nociones que son, de por sí, trascendentes sin que esto sea privativo de aplicaciones particulares.

Aquí las gentes arguyen: “nuestras buenas intenciones son trascendentes porque, en su sentido sublimado, van más allá de cualquier aplicación particular, luego no hace falta nada más”. El argumento es erróneo puesto que no tiene en cuenta la irreversibilidad de la jerarquía en el razonamiento. Lo universal ocupa el lugar jerárquico máximo y lo particular el mínimo pero, entre uno y otro, hay una gradación indefinida de jerarquías donde se colocarían las generalidades. Lo general no es, de ningún modo, aceptable como universal; la suma de las responsabilidades individuales, aun cuando sea en número indefinido, no da como resultado la responsabilidad universal; no importa cuánta gente consensúe que el asesinato está bien, seguirá estando mal aunque no haya nadie que así lo atestigüe puesto que el universal que rige la dignidad intrínseca de la vida no permite aceptar como razonable la tesis mayoritaria a favor del asesinato, y no importan ni el quorum ni la unanimidad en una hipotética votación al respecto.

A estas alturas ha quedado suficientemente claro que la falta de una intención recta conlleva el riesgo inmediato del desastre a través de la confusión de la mente con respecto a los sentimientos o planteamientos del tipo que sean que, por su ambigüedad o perversión, conducen a la irresponsabilidad.

En este punto conviene hacer una aclaración acerca de lo que podemos llamar las influencias psíquicas pero que, en realidad, no son más que jerarquías de sentimentalismo. Un sentimiento determinado puede ser sencillamente individual como cuando, por ejemplo, “Fulano ama una joya” puesto que en este caso el único involucrado podría ser “Fulano” y nadie más tendría porqué saber siquiera acerca de este asunto. Sin embargo, la cuestión cambia, y se hace más confusa, cuando el sentimiento es colectivo o general como cuando, por ejemplo, “el pueblo ama la democracia” puesto que en este caso hay un sentimiento que, aparentemente, trasciende la individualidad. Nos hemos topado aquí con la ambigüedad, la confusión, la sugestión y, aún más, el consenso. Por supuesto en “el pueblo ama la democracia” no hay la más mínima trascendencia pero sí hay confusión pues quién es el pueblo más allá de una amalgama y cómo podría ser sujeto consciente, hay también ambigüedad puesto que parece que, debido a su número, está por encima del individuo, con lo cual hay también sugestión pues se nos sugiere que interpretemos esto como trascendente al individuo; pero, peor aún, hay aquí consenso en la consideración, en sí misma ambigua y confusa, de que en la frase “el pueblo ama la democracia” hay responsabilidad. Una vez más, la verdad es justo la contraria, tomar esa frase en el sentido que, tristemente, tiene hoy en día es sumamente irresponsable puesto que no tenemos en este asunto nada real, nada razonable sino sólo puro sentimiento y, sin embargo, las gentes se guían totalmente por este tipo de sentimiento que es más una influencia psíquica que cualquier otra cosa. Desde luego hay buena intención pero no hay una intención recta, se usurpa el sentido de bien, en este caso el sentido de bien común, pero no hay una particularización en ningún individuo, con lo cual no hay ningún responsable y cómo saber entonces que se está cumpliendo con el bien común. Compréndase bien que aquí no hay una intención recta porque se permite la ambigüedad.

Entonces las gentes arguyen: “pero se está cumpliendo el bien común”. Por supuesto esto es falso pues, como quedó demostrado, el bien común, al igual que el bien propiamente dicho, es incompatible con la ambigüedad. Las gentes rearguyen: “consideramos que <<el pueblo ama la democracia>> es trascendente”. Interesante pero inaceptable. Interesante puesto que en este juego psíquico podemos ver ahora con nitidez la mala fe del asunto en cuestión puesto que se trata, efectivamente, de hacer pasar lo general por lo universal y el sentimiento por lo trascendente; sin embargo todo esto es inaceptable puesto que no podemos sostener que “el pueblo ama la democracia” sea más trascendente que “Fulano ama una joya”, ninguna de estas dos premisas tiene nada de trascendente sin embargo tenemos en todo este asunto un engaño fácil de percibir ahora; está claro que hay alguien que, por la razón que sea, tiene interés en que aquellos que subscriban la influencia psíquica “el pueblo ama la democracia” confunda un asunto particular y, por lo tanto banal e irrelevante, con un asunto trascendental y, por lo tanto, susceptible de ser aceptado responsablemente. Así pues, la mente se queda “tranquila” en sus “buenas intenciones” pero el desastre se ha consumado puesto que ha subscrito una noción inicua; y es inicua debido a que implica un tremendo engaño: la mente ha subscrito como bien el mal.

Ahora, por fin, se comprende que la irresponsabilidad aun cuando haya sido originada por la mejor de las intenciones redunda en el desastre puesto que usurpa la autoridad que legítimamente le corresponde a lo universal particularizando una idea u otra según un determinado interés y haciendo mediante el consenso, el cual se apoya en la confusión entre lo general y lo universal, que el mal, es decir la ambigüedad y el engaño, parezca, en realidad, el bien. Así pues, se demuestra imposible que las buenas intenciones sean suficientes para que se produzca la responsabilidad en la vida, de modo que la pregunta con la cual iniciamos este texto sólo tiene una respuesta posible: cuando hay una total falta de responsabilidad el resultado es el desastre y, en última instancia, el mal puro, es decir, la total disipación en la nada.

Evitar la recta intención, la cual suprime la posibilidad de la ambigüedad, sólo conlleva el enredo en el mal y la usurpación del bien, todo esto redunda inevitablemente en la traición puesto que la mente, embriagada en el sentimentalismo engañoso de la confusión entre lo particular y lo universal, se pierde a sí misma en el delirio de la usurpación de la autoridad contraponiendo el mal al bien y confundiendo el bien con el mal. Una mente así pensará estar haciendo el bien mientras hace el mal y, además, habrá alguien sacando provecho de ello con lo cual, esta mente, no sólo se hace daño a sí misma y a quien traiciona en su loco delirio sino que, además, contribuye al desequilibrio general alimentando la sugestión y robusteciendo el consenso.

Este es el terrible precio a pagar por la irresponsabilidad y quien lo paga es el inocente, es decir, el que se niega a prestarse a este juego perverso. El irresponsable arrastra al vacío al inocente, a la pura disolución, haciendo que sea precisamente su inocencia la que le haga culpable delante del consenso general y haciendo que todo el peso de la sugestión le aplaste en su fuero interno puesto que son precisamente sus buenas cualidades, la recta intención, la que desata la furia de las gentes puesto que éstas dicen: “no nos permite seguir nuestras buenas intenciones con su recta intención, luego es intolerante con los buenos”. Por supuesto esto es un disparate pues la recta intención jamás es compatible con la intolerancia con los buenos sino todo lo contrario. La diferencia en las dos posturas es que la recta intención acepta la autoridad universal como guía, trascendiéndose de este modo su individualidad; la postura de las buenas intenciones, sin embargo, opta por el consenso como guía pero no hay trascendencia alguna quedándose todo en el ámbito del interés de alguien. Quien sea ese alguien es irrelevante, la cuestión aquí es que en la tesis de las buenas intenciones se produce la inversión monstruosa de los principios y es así como, ante la perplejidad de todos, se opera la perfidia más absoluta. El verdadero bien, aquel que es la realidad y el todo, es absolutamente incompatible con la irresponsabilidad, aquella que trae el sufrimiento y la muerte.

A modo de epílogo pondremos un ejemplo esclarecedor: la familia. Lo primero que debe ocurrir para que se produzca la falta total de responsabilidad es que no se preste atención a lo importante lo cual es, en sí mismo, irresponsable; acto seguido se perderá la consciencia de no estar prestando atención lo cual se llevará a cabo, por supuesto, con buena intención. Llegados a este punto ya aplica sobre esta familia el modelo que hemos visto más atrás, es decir, la familia se zambulle en la sugestión y se pierde de vista lo trascendente con lo cual, tarde o temprano, el individuo más vulnerable de la familia será víctima del desorden y al hacer reclamo de su dignidad se activará el consenso. En este punto el reclamo de la víctima ya no encuentra a una autoridad trascendente que regule la situación sino que prevalecerá el interés de alguno de los miembros de la familia y se regulará el asunto según el consenso general. Así pues, ante la reclamación presentada por la víctima no se realizará un juicio responsable sobre la dignidad de la víctima sino únicamente una consideración general y un balance de daños, no sobre la dignidad de la víctima sino sobre el consenso general de la familia.

La consideración general al rechazar la autoridad universal, recordemos que general no es equivalente a universal, concluirá que la víctima no es víctima puesto que el desorden no existe, y cómo habría de existir si nunca hubo consciencia de no estar prestando atención a lo importante. Es decir, el consenso general funciona de manera automática tomando el statu quo imperante como orden por defecto sin que nadie supervise nada pues al faltar la consciencia de no estar prestando atención quién se dará cuenta. Llegados a este punto, la víctima que ya no puede ser víctima puesto que no hay ningún desorden pasa a representar un problema para la familia puesto que, incapaz de comprender que no es víctima, sigue persistiendo en su reclamo. Obsérvese que este reclamo es ya ilegítimo, es decir, se ha producido la usurpación del bien que mencionábamos más atrás. La víctima ha pasado a ser verdugo puesto que con su reclamo ilegítimo hace daño a los demás miembros de la familia.

Hemos llegado al momento del balance de daños, la víctima que ahora es verdugo no puede reclamar ningún daño pues es, ella misma, la culpable de su propio reclamo; sin embargo, el verdugo que ahora es víctima sí puede, e incluso debe, reclamar daños.

A estas alturas del ejemplo tenemos que lo que comenzó como una negligencia por parte del responsable de la familia, el cual no prestó atención a lo importante, se ha convertido en un consenso de buenas intenciones que vela por el interés general. Entiéndase ahora que llegados a este punto ya no hay forma de que surja la necesidad acerca de hacer algo para restablecer el orden puesto que no hay la más mínima consciencia de que exista ningún desorden y, en caso de conflicto, éste no puede ser nunca más que anecdótico y en caso de ir a mayores será culpa del que reclame justicia en su causa particular puesto que si la víctima es verdugo, entonces el verdugo al pedir justicia pide, en realidad, la injusticia. De este modo el verdugo es el único culpable posible del daño que dice haber recibido y, más aún, actúa de mala fe al acusar a la víctima de ser el verdugo.

Así pues, el que tenía que ser responsable de que las cosas no llegaran a este punto se encuentra ausente y, además, justificado con la nueva situación de consenso. En cuanto la víctima, que ahora es vista como verdugo, reclama al responsable que tome cartas en el asunto, éste actúa, como es lógico, irresponsablemente puesto que la situación es ahora de consenso y, debido a que la atención y la consciencia no son ahora relevantes, sólo le queda la violencia como forma de solventar la disputa. No hay ya un responsable auténtico que, sirviéndose de la autoridad trascendente de modo que su individualidad no cuente a la hora de actuar, haga prevalecer la claridad y la seriedad depurando las responsabilidades en el conflicto dado de modo que se esclarezca quién fue el verdugo y quién la víctima a la luz del bien imperante en una situación de orden auténtico, es decir, a la luz de la justicia. El que debía ser responsable se ha convertido, por su propia irresponsabilidad, en una bestia puesto que actúa violentamente guiado sólo por sus sentimientos, sus buenas intenciones, en un ámbito de consenso que no puede ser más que una pura sugestión de la que, obviamente, ni siquiera puede ser consciente. El irresponsable de esta familia deviene víctima de su propia irresponsabilidad y verdugo de cualquier intento por parte de cualquier miembro de la familia por restablecer el orden, no sólo eso sino que además posibilita que los elementos más insidiosos de la familia prosperen en su perfidia resultando en la opresión aun mayor de los que se obstinan en la inocencia que como ya hemos demostrado es, tras la usurpación del bien, vista como culpabilidad.

Todo lo bueno de la familia, entendida rectamente, resulta en un mal para quien se haga acreedor de dicho bien quien no tiene otra alternativa que: o bien asumir la responsabilidad él mismo, con lo cual se verá enfrentado al irresponsable que le verá como un usurpador, o bien tendrá que rendirse al abuso de los verdaderos usurpadores el cual será tanto más fuerte cuanto mayor su nivel de inconsciencia. Es obvio que estos usurpadores inconscientes nunca cejarán en su empeño pues, tras la usurpación del bien, verán al acreedor del auténtico bien como acreedor del mal y a esto aún debe añadirse la percepción que los usurpadores tienen de la víctima, precisamente en cuanto que se la ve desfavorecida y sufriente, como merecedora objetiva de dichos males y sufrimientos. Al mismo tiempo perciben la absurdidad de la postura de la víctima y lo interpretan como estupidez, con lo cual, al ser la víctima a un tiempo inicua y estúpida, se justifica automáticamente su utilización como bestia de carga y, de hecho, se ve en esto y, sólo en esto, su valía. Así pues, la víctima no es expulsada de la familia pues tiene cierto valor como bestia y puede, de hecho debe, ser utilizada para servir al interés general como tonto útil; es más, incluso se le tendrá cierta consideración pero no como sujeto de dignidad sino como objeto para satisfacer funciones consideradas valiosas para la familia sirviendo de tonto necesario. Nada de esto será visto por nadie como vejatorio o negativo sino como apropiado y connatural al propio ambiente familiar.

No insistiremos más, creemos que lo dicho hasta aquí basta para responder con propiedad y con responsabilidad a la pregunta formulada al principio: cuando la falta de responsabilidad es total la catástrofe total es absolutamente inevitable.     

lunes, 23 de diciembre de 2019

La responsabilidad en la vida


La totalidad de las gentes está de acuerdo en que existe la vida, por poco que haya reparado en ello.

La generalidad de las gentes está de acuerdo en que ésta es intrínsecamente buena, aunque sólo sea la suya propia.

Sin embargo, todos parecen llegar al mismo dilema: si la vida es buena, cómo es que existe el mal. Así pues, la totalidad de las gentes está de acuerdo en que existe el mal pues si piensan que la vida es buena es por contraposición a lo malo y si piensan que es mala, cómo hacerlo sin creer antes en la existencia del mal.

Lo cierto es que si aceptamos la primera premisa “la vida existe” no podemos aceptar la tercera “existe el mal” sin contradecirnos. El problema empieza en la segunda premisa “la vida es buena”, este es el ámbito de la ambigüedad por que qué queremos decir con que la vida es buena o mala. La pregunta acerca de si la vida es buena o mala a qué se refiere exactamente; si se refiere al sentimiento entonces la respuesta dependerá del estado de ánimo, si se refiere al cuerpo dependerá de la satisfacción del apetito en cuestión. Entonces surge la pregunta: ¿Hay una respuesta que no sea ambigua acerca de la premisa “la vida es buena”? Por supuesto esto dependerá de la intención de quien plantee la cuestión porque es de hecho imposible evitar la ambigüedad cuando no hay intención de hacerlo. Si tenemos la intención de no aclarar un asunto no importa el esfuerzo que dediquemos a aclararlo pues siempre encontraremos la forma de escudarnos en un sofisma que nos permita escabullir la cuestión, el hecho de contradecirnos no nos importará en absoluto pues hemos priorizado no aclarar el asunto y la contradicción es una forma, torpe pero efectiva, de conseguirlo.

Ahora bien, si la intención es recta uno resuelve la ambigüedad del dilema haciendo llamada a la pura lógica: Si todos aceptan que la vida existe y todos aceptan que el mal existe entonces o bien la vida implica el mal y entonces no sería buena o el mal implica la vida y entonces el principio de la existencia sería el propio mal y cómo aceptar entonces, aun de manera ambigua, la premisa “la vida es buena”. Así pues, o bien el principio es el mal, o bien el bien, pero de ningún modo ambos puesto que son excluyentes. Todos aceptan “el mal es negativo”, entonces el mal es la nada por pura negación, pues de ser positivo el mal, cómo habría de ser mal. Aceptado esto, el bien ha de ser positivo y, por tanto, el todo por pura afirmación; puesto que de haber mal o negación en algún grado, volveríamos a la ambigüedad, con lo cual no podemos aceptar la premisa “la vida es buena” sin contradecirnos, con lo cual nuestra intención no es recta. Cuando nuestra intención es recta: el bien es positivo y es el todo, el mal es negativo y es la nada.

Así pues, aceptar el mal como principio implicaría aceptar la nada como principio; del lado contrario aceptar el bien como principio implicaría, necesariamente, aceptar el todo como principio. Entonces, en caso de aceptar el mal como principio debemos atenernos a la nada y, como es lógico, no esperar nada, es decir, no tener esperanza; nuestra responsabilidad entonces es intrascendente, no existe, no tenemos responsabilidad alguna y la vida no es que sea mala, peor aún, no tiene sentido, pues no es nada. Por otro lado, si aceptamos el bien como principio, qué podríamos esperar más que el bien, pues éste lo es todo. En cuanto a nuestra responsabilidad, qué podría ser más que el compromiso con esa misma aceptación del bien.

Si uno acepta que la vida parte del todo, por exclusión de la nada, debe aceptar que contiene intrínsecamente, en cuánto vida, todo aquello que podría, de hecho, serle atribuida puesto que lo único excluyente es la propia nada.  Aceptando esto, es indiscutible que la vida es digna por propia naturaleza, es decir, la dignidad es precisamente su integridad. La dignidad es pues el atributo primero de la vida, aquello en lo que yace nuestra conexión con la propia existencia, la cual es obviamente el todo y, desde luego, el bien.

Todos aceptan que la dignidad es excluyente de la nada pues, si no hay nada, qué dignidad ha de haber; igualmente dignidad es excluyente de mal pues, aconteciendo el puro mal, qué dignidad puede resultar; luego, necesariamente, la falta de bien es indignidad. Si la dignidad es la integridad de la vida, no puede faltar el bien.

Llegados a este punto las gentes salen en defensa de la ambigüedad diciendo: “basta con un poco de bien, pues ya habría un poco de integridad”. Por supuesto esto es inaceptable, pues la propia palabra “integridad” es incompatible con la división necesaria para que haya “un poco de bien”. Este “poco de bien” está necesariamente complementado con un poco de mal, pues sino sería puro bien y la ambigüedad desaparecería. Las gentes protestan: “esto es demasiado rígido, parece que todo tenga que ser negro o blanco, qué pasa con el gris”. Inaceptable, pues “gris” es ambigüedad, la cual es incompatible con la integridad, con lo cual “gris” y “un poco de bien” son palabras diferentes para evocar lo mismo. Las gentes insisten: “eso se soluciona con dos sistemas de vida: uno rígido y otro suave; que cada cual elija el que guste”. Inaceptable, las gentes ahora acuden a la división pura y simple en busca de escapatoria. Sin embargo quedó demostrado que la división es incompatible con la integridad, la cual es necesaria para la dignidad, la cual es imprescindible para el bien, el cual es indispensable para la vida. Aceptar esta premisa implica condenar de antemano a la ambigüedad a los que caigan bajo el ámbito del “sistema suave”. Por otro lado, no existen “dos sistemas de vida”, lo mismo que no existen dos vidas; sólo existe una vida, la cual, para ser lo que es, debe necesariamente implicar el bien, la dignidad y la integridad. Aceptar el dualismo propuesto con el concepto “dos sistema de vida” implica, no dos vidas lo cual es absurdo, sino, de hecho, la vida y la muerte; pero esto es también absurdo pues la vida y la muerte son excluyentes y no pueden coexistir, de hecho la muerte no existe en absoluto pues, en cuanto negación de la vida, es negación del bien y, por lo tanto, negación del todo. El dualismo implica la presunción de que la nada es algo, lo cual es inaceptable.

Por fin hemos llegado a la conclusión inequívoca: uno debe decidirse por la vida o por la muerte, pero no hay manera, que no implique engaño, de quedarse entre una y la otra. En caso de engaño, éste es aquel que hace que las gentes en cuestión se identifiquen con la ambigüedad, la cual es incompatible con la vida y la muerte. Pero es un engaño, lo cual implica que aquello con lo que se identifican es con la nada, puesto que el todo es incompatible con el engaño mismo y con la propia ambigüedad. Las gentes que buscan el engaño necesitan, de una u otra manera, negar el todo o al menos su vinculación con él. Como esto es absurdo necesitan ambigüedad, pero ésta, como quedó demostrado, es incompatible con la dignidad, luego con la integridad, luego con el bien, luego con la vida. Así pues, no podemos ser serios y ambiguos al mismo tiempo, con lo cual no nos vale el argumento “basta con un poco de bien” y todos sus derivados subsecuentes. Debemos pues concluir que no hay vida sin dignidad y que esta vida o es íntegra o no es vida, sino muerte.

Pero las gentes arguyen: “nada de esto es humano, no somos dioses, luego es inalcanzable, luego no existe aquí en el mundo, luego no tenemos ninguna responsabilidad al respecto”. Visto de este modo, nada de esto debe tenerse en cuenta puesto que no tenemos relación con la vida, la vida es algo con lo que uno se tropieza. Todos están de acuerdo con que el mal existe, con lo cual la única forma de hacer soportable la vida es, precisamente, la ambigüedad; y aun cuando, como quedó demostrado, esta postura es absurda, es la única aceptable, puesto que el bien puro en su integridad es inalcanzable para los hombres. Si alguien dijese haberlo alcanzado, indiscutiblemente miente, y si mostrase señales de haberlo alcanzado, indiscutiblemente son engaños. Más aun, como sus engaños destruyen la ambigüedad, ese alguien es peligroso pues destruye el único ámbito en el que la vida es soportable. Hasta aquí los argumentos de las gentes.

Básicamente, el argumento se reduce a la premisa de que lo divino no está presente en el ser humano, y el precio que hay que pagar por subscribir este argumento es el de renunciar a cualquier evidencia que pueda presentarse en sentido contrario, es decir, hay que renunciar a la inteligencia. Por supuesto, aquí hay un problema. La propia intelección nos garantiza que la premisa es falsa puesto que si lo divino no está presente entonces lo divino no es el todo y, si esto es así, lo divino no es divino. Tengamos en cuenta que sostener que lo divino no está presente implica limitar el todo, el cual no puede ser limitado pues dejaría de ser el todo; compréndase bien que esto significaría que el ser humano y la pura nada serían lo mismo.

Sin embargo, las gentes arguyen: “estamos vivos, luego no podemos ser la pura nada”. Por supuesto, el ser humano no es la pura nada pero el pensamiento de las gentes lo implica. Entonces, si aceptamos la premisa, lo único que nos queda es la ambigüedad pura porque, efectivamente, nada no somos, pero estamos, mediante nuestro pensamiento, implicándonos en la nada. Lo que queda claro aquí es que lo último que interesa a las gentes es la claridad, puesto que aparecería con ella la conciencia y la necesidad de la responsabilidad. Así pues, la ambigüedad es lo único que las gentes pueden blandir para reclamar no importa qué cosa, pero ya demostramos más atrás que la ambigüedad es, ella misma, el engaño. Así pues, el reclamo de las gentes es el propio engaño. Es obvio que no podemos aceptar la argucia en absoluto, pues hacerlo nos comprometería en el engaño y en la pura nada.

Aun así, las gentes no se rinden y rearguyen: “Nos da igual, estamos vivos y nos da igual el engaño y la nada”. Sin embargo, ahora reconocen que su anterior premisa era falsa y pretenden continuar arguyendo por pura obcecación, sin ninguna base. Lo cierto es que al tomar este partido las gentes reconocen implícitamente que lo expuesto antes sí es alcanzable, luego existe también una responsabilidad, luego una dignidad íntegra se vuelve imprescindible para la vida. Lo reconocen implícitamente pero se rehúsan a aceptarlo. El problema aquí es que esto implica que quieren ser malvados, negando toda responsabilidad, negando también la dignidad y aun la propia vida; pero no quieren parecerlo puesto que dicen “estamos vivos”. Ahora bien, cómo habrían de estar vivos si niegan el principio de la vida. Es verdad que, en cuanto que la vida les fue dada, están vivos pero, en cuánto partícipes de la propia vida, no lo están en absoluto. Se puede decir con toda propiedad que aunque les fue dada la vida están en un estado de inercia, es decir, que a todos los efectos están muertos, pues la propia inercia no define otra cosa que la ausencia de vida. Lo inerte aunque puede ser movido no es nunca motor, es decir, no hay voluntad en lo inerte. Así pues, esta premisa no es compatible con la consciencia, pues aun los más fanáticos cientificistas se ven en un apuro al tener que conciliar la falta de consciencia con lo que habitualmente consideramos “tener una vida”, y se habla de que alguien en este estado de falta de consciencia “es un vegetal”, pues al no reaccionar, ni siquiera de forma refleja, no tiene voluntad.

Justo en este punto las gentes protestan y dicen: “sí tenemos voluntad, sí reaccionamos de forma refleja, hasta incluso tomamos decisiones, luego no hay contradicción”. El problema es que caen en su propia trampa, puesto que, si reclaman para sí la voluntad se ven obligados a admitir que, necesariamente, deben ser responsables, aunque sólo sea con respecto a la mera voluntad. No les queda más remedio que admitir que su voluntad es una voluntad de muerte, por inercia, y al hacer el reclamo de esta voluntad admiten una responsabilidad de hacer, de hecho, lo contrario de la vida. Es decir, las gentes se responsabilizan entonces de hacer el mal. Toman decisiones, cierto, y son malas decisiones, por cierto, pues se basan siempre en la ambigüedad la cual, ha quedado demostrado, es un engaño y pertenece al ámbito de la nada.

Las gentes replican: “no es cierto, no queremos hacer el mal pero tampoco responsabilizarnos del bien”. Pero entonces consta la contradicción, puesto que no responsabilizarse del bien es hacer el mal. Si las gentes quieren cumplir con lo que dicen cuando afirman “no queremos hacer el mal” deben, necesariamente, responsabilizarse del bien.

Las gentes se disculpan diciendo: “no podemos, es muy difícil”. Sin embargo esto no es más que una excusa para escabullirse, puesto que lo difícil o no de una cuestión no justifica nada al respecto de la cuestión. Uno puede encontrar difícil respetar la normativa vial de tráfico, pero esto no le justifica para no respetarla. No responsabilizarse del bien no es una opción, y en caso de hacerlo, hay culpa en ello, es decir, estamos haciendo el mal.

Las gentes concluyen: “no hay caso, puesto que no hay nadie entre nosotros capaz de responsabilizarse del bien”. Si eso fuera cierto, cómo sería posible este escrito. Si no hubiese nadie capaz de responsabilizarse del bien no habría debate y tampoco base para poner en duda que la vida es buena. En un caso así tendríamos un mundo intrínsecamente malo en el que la vida no pudiendo ser otra cosa que intrínsecamente mala sería “buena”, es decir, nadie plantearía dudas acerca de la “bondad” de la vida y nadie plantearía dudas acerca de la inexistencia de ningún tipo de dolor, puesto que el dolor es malo, y un mundo intrínsecamente malo no entraría en contradicción siempre que se apelase al mal. Si las gentes dicen “no hay nadie entre nosotros capaz de responsabilizarse del bien”, entonces en el mundo no hay mal, ni dolor, puesto que si nadie se responsabiliza del bien cómo saber acerca del mal, cómo discernir entre una cosa y la otra.

Las gentes dicen: “sabemos del mal porque sentimos dolor”. De nuevo caen en su propia trampa, pues implícitamente reconocen la necesidad de responsabilizarse del bien pues, al notar un dolor y reconocerlo como malo, desean una cura, la cual debe ser necesariamente buena. Así pues, si “sabemos del mal porque sentimos dolor” no podemos decir que “no hay nadie entre nosotros capaz de responsabilizarse del bien”. Entonces, el problema aquí es que si el que sufre el mal es uno mismo, el bien es necesario; pero mientras el que sufra el mal sea otro “no hay nadie entre nosotros capaz de responsabilizarse del bien”. Entonces, es cuando la ambigüedad se vuelve necesaria, pues lo bueno y lo malo van moldeándose según el interés. Ahora bien, parece que esto no debe airearse, pues dejaría al descubierto al que tiene interés en el mal, haciéndole constar como irresponsable delante del bien. Esto tampoco tiene sentido según el argüir de las gentes pues si “no hay nadie entre nosotros capaz de responsabilizarse del bien” qué importaría quedar al descubierto.

Hay un último reclamo de las gentes: “no queremos el mal para nosotros y tampoco queremos sentirnos mal por hacer el mal, destruyamos el bien y todo quedará solucionado”. Hemos llegado ya al disparate, por no aceptar la vida como aquello que implica necesariamente el bien, la dignidad y la integridad, es decir, por no aceptar que tienen una responsabilidad ineludible con respecto al bien, las gentes prefieren el puro mal. 

A estas alturas es difícil no ver en la propia ambigüedad el ambiente mismo del mal, ese lugar en el cual el mal puede hacerse sin ser visto. Pero para no ver esto es imprescindible:

1.- No prestar atención a lo dicho hasta aquí, es decir, faltar al respeto y arrebatar la dignidad a quien sea necesario según la circunstancia lo requiera.

2.- No ser consciente de lo dicho aquí, es decir, actuar de manera inercial, en un estado de puro egoísmo, indiferente a las consecuencias que puedan acontecer a cualquier otro.

3.- No responsabilizarse de lo dicho hasta aquí, es decir, no reconocer ninguna autoridad legítima que implique, en sí misma, la trascendencia de la propia individualidad y, con ella, la trascendencia de la ambigüedad misma.