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domingo, 23 de octubre de 2022

El signo de Jonás

En los últimos tiempos, al menos desde los comienzos de este blog, han ocurrido cosas de extrema gravedad a todos los niveles y en todos los ámbitos. La modernidad ha colapsado por completo. Sin embargo, es tarea poco menos que imposible encontrar a alguien que se haya dado cuenta; ciertamente las gentes no distinguen la derecha de la izquierda y, siendo esto así, qué esperanza de entendimiento puede haber, qué esperanza de reacción o siquiera qué esperanza de empatía en el dolor de la desesperanza. La razón de porqué esto es así ya ha sido tratada anteriormente, así pues no insistiremos en esto.

En lo sucesivo nos proponemos la tarea, tal vez quimérica, de encontrar a alguien que quiera empezar de nuevo, alguien que quizá entienda o intuya al menos que lo que ahora tenemos en occidente son sólo escombros y que se anime a apartar estos detritus pestilentes para afianzar las bases de un nuevo edificio, una nueva obra que como se comprenderá más adelante no puede ser nueva realmente pues lo eterno transciende por su propia naturaleza a lo nuevo o lo viejo pero que se aparece a nuestro ojos como novedosa ciertamente.

Lanzamos pues con este blog una señal a eventuales náufragos al tiempo que asentamos los fundamentos de un nuevo ciclo sobre las bases ancestrales de modo que los desdichados marineros vapuleados por la mar puedan apreciar la tenue luz al borde del abismo y sacar fuerzas para nadar a tierra firme, bienaventurados los que perciban la señal.

Por supuesto, los fundamentos de este nuevo ciclo no pueden ser otros que la metafísica pura como ha quedado demostrado tras el fracaso estrepitoso de la modernidad que, después de haber subvertido todos los valores, ha sido incapaz de materializar la felicidad terrena: el progreso no progresa, la tecnología genera más problemas de los que solventa, la paz se ha convertido en guerra generalizada, la abundancia devino escasez y mediocridad, el empuje de la juventud ha devenido decrepitud y muerte entre estadísticas catastróficas y, por último, la pseudometafísica se ha visto incapaz de llegar a algo más que un mal chiste incapaz de seducir ni aun a los más desprovistos de capacidades intelectuales.

Empecemos por definir metafísica puesto que se ha abusado tanto de este término que es imposible tener una noción precisa del mismo, sin embargo no tenemos ningún otro que sirva a nuestro propósito. El quid de la cuestión está en comprender primero los conceptos de “mundo”, “cosmos” o “física” que nos han sido inculcados por la modernidad.  Según esto, vivimos en un ámbito rotundamente no inteligente, es decir, el mundo es un ámbito inerte en el cual la voluntad no juega ningún papel que vaya más allá de la burda mecánica, no existe ninguna trascendencia de la voluntad o de la inteligencia misma sino que todo se reduce a mecánica atómica o sub atómica. Así pues, la voluntad o inteligencia no mecánica es ilusoria, no existe ni existió jamás, sólo ha existido desde siempre una mecánica física que sólo puede ser atómica o sub atómica. Los apóstoles del sentimentalismo deben admitir que sus nociones sublimes son sólo átomos o subátomos tropezando ordenada o desordenadamente según unas leyes físicas o cuánticas que o bien se conocen ya o serán descubiertas en el futuro. La muerte sólo es una reconfiguración de átomos y subátomos, Dios es un sentimiento más o menos sublime surgido de los átomos o subátomos a través de una inteligencia que también surgió de los átomos o subátomos. Lo que podríamos denominar trascendente sólo es una noción aceptable si respeta lo anteriormente dicho, de aquí la dificultad de usar la palabra metafísica, puesto que el totalitarismo moderno nos exige que toda metafísica sea también atómica o subatómica sin importar la contradicción puesto que quien crea que exista algo más que estos dogmas atómicos es un bobo.

Todo esto está muy bien y entusiasma a los modernos puesto que les da una sensación de seguridad pero es del todo inaceptable para cualquier ser pensante que conserve un mínimo de sensatez. Los átomos y el mundo de los modernos es sólo una pequeña parte del universo. Así pues, por encima de los subátomos que no son más que el fondo del estanque, es decir, la indefinición sobre la cual se levanta el edificio cósmico; por encima también de los átomos que no son más que la concreción de esa indefinidad, es decir la solidificación, por decirlo de algún modo, de lo indefinido; por encima de ese aspecto físico moderno se encuentra el otro componente, el que de hecho es de verdad importante que es el que dirige o forma los conglomerados de átomos y que nosotros denominamos ámbito psíquico. Este ámbito se subdivide a su vez en un ámbito bajo o destructivo y otro elevado o constructivo. El ámbito o mundo psíquico es manifiestamente cíclico como puede observarse por doquier pues “va dando forma” a los átomos según unas características o leyes de ritmo y compás, según un tempo y a diferentes niveles u octavas usando, para entendernos, un símil musical. Si los modernos quisiesen podrían observar estas características en el mundo visible, ya sea en las estaciones climáticas o en los ciclos más amplios de glaciaciones y “calentamientos globales”, podrían observarlos en los ciclos económicos que tanto les fascinan y en la interrelación entre ambos. Sin embargo, no harán nada de eso sino lo que veremos más adelante.

Pues bien, el mundo psíquico tampoco es metafísica puesto que como hemos visto está estrechamente vinculado al mundo de los átomos y, de hecho, se puede decir que lo dirige o forma. La metafísica es aquel ámbito, por decirlo de alguna manera pues no es susceptible de ninguna conceptualización que insinúe espacio o tiempo o siquiera memoria puesto que no está limitado por nada pero, para poder comunicarnos, diremos que es el ámbito de lo infinito o de la posibilidad pura. Si tenemos esto en cuenta comprenderemos que este universo, hiperlimitado por los modernos a los átomos y subátomos es sólo una posibilidad dentro de la posibilidad universal o pura la cual incluye en su infinitud todas las posibilidades con la única exclusión de lo absolutamente imposible que es, esto último, el filón de las creencias modernas. La modernidad no sólo se ha confinado en los átomos y la indefinidad de los subátomos, ha ido mucho más allá “de las estrellas” según ellos creen, es decir, han ido a los agujeros negros y ahí han encontrado o encontrarán la imposibilidad pura que no es otra cosa que la pseudo metafísica. Por supuesto, todo esto es un delirio pero los modernos creen en ello con fervor religioso y no están dispuestos a aceptar nada que no subscriba de forma absoluta los principios o elementos que veremos a continuación. Así pues, metafísica es aquello que va más allá de la fisis de los griegos que incluía el mundo psíquico, es decir, metafísica es el “ámbito” de lo trascendente y es por sí misma el conocimiento, la sabiduría y la inteligencia. Además y como consecuencia de ello es el opuesto de la pseudo o anti metafísica, es decir, las creencias más “profundas” y los “principios” más delirantes de los modernos. Insistimos, si hay algún naufrago ahí fuera que entienda mínimamente de lo que estamos hablando quizá tenga interés, el máximo interés de hecho, en cooperar en la construcción de un nuevo mundo que sucederá la inevitable destrucción de este.

No obstante ¿No habíamos dicho que nadie se había dado cuenta? Así es, nadie o casi nadie se ha dado cuenta. Esto es debido a que el panorama desolador se ha convertido en el único panorama. Después de todo, si jamás hubiésemos probado lo dulce cómo llamaríamos a lo amargo, quizá dulce o quizá cuando dijésemos amargo estaríamos refiriéndonos a lo más dulce posible. Pensémoslo: lo más dulce posible o el mejor mundo posible. Este es el origen de la cuestión, las gentes no se han dado cuenta de la situación porque están convencidas de estar viviendo en el mejor mundo posible con lo cual para ellos el colapso es, por definición, imposible. Es debido a esto que las gentes creen que “de alguna manera” todo se va a “solucionar” para que estemos “como siempre”. Es un desafío frontal a los fundamentos más elementales de toda lógica incluso a un nivel puramente físico, esta especie de fanatismo pseudo metafísico delira hasta el punto de la negación de la naturaleza o de la vida misma. Es decir, el colapso tiene un componente puramente físico según el cual es imposible continuar con la locura moderna y se traduce de forma natural en la propia fuerza de las cosas, por ejemplo, es imposible seguir saqueando algo que ya es físicamente imposible saquear pero este fanatismo, al igual que un niño pequeño, se niega a aceptarlo forzando así un colapso inevitable de esa “forma de vivir”. Es aquí donde se franquea el ámbito físico para llegar al “ámbito” pseudo metafísico en el cual se hace “profesión de fe” de la imposibilidad pura, es decir, de algún modo saldrá de la nada o de la ausencia misma algo para saquear aun cuando sea físicamente imposible. Esto es ciertamente una burla grotesca de la metafísica puesto que la realidad se fundamenta en que toda posibilidad “sale” de la posibilidad universal misma y una vez “ha salido” es, por definición, físicamente posible. Esta posibilidad física concreta “pasa a estar” limitada por la indefinidad puesto que no puede, por definición, ser infinita pero tampoco puede ser imposible puesto que “ha salido” de la posibilidad universal misma.

Así pues, nos preguntamos: Desde un punto de vista metafísico ¿Qué ha fracasado? Por supuesto desde un punto de vista metafísico nada puede fracasar más que el fracaso mismo debido a que la posibilidad universal descarta únicamente la nada y en cuanto a posibilidad universal cómo habría de ser un fracaso teniendo, por definición, todas las posibilidades. Es en la pseudo metafísica, es decir en el fracaso mismo donde podemos comprender el fracaso de la modernidad. La modernidad ha construido su edificio sobre la base teórica de la imposibilidad y se ha limitado a parasitar la realidad y a transformarla en irrealidad, es decir, en artificio. Es curioso que esto no sea visto por las gentes puesto que está por todas partes: los bosques no son bosques sino planificación forestal, los animales no son animales sino mascotas, los hombres o mujeres no son hombres o mujeres sino asignaciones de género al gusto del consumidor, los alimentos deben ser modificados genéticamente… ¿Qué es lo que no se entiende de todo esto? ¿Acaso no es esto la definición misma de artificio, de irrealidad?

Veamos ahora muy sucintamente la “tesis” moderna de la imposibilidad como principio de todo.

El primer elemento de semejante tesis es el materialismo, los modernos entienden que toda la realidad es únicamente material y con esto quieren decir átomos, o sub átomos. Cuando decimos toda la realidad queremos decir toda realidad posible y es aquí donde “localizamos” el fundamento pseudo-metafísico. La “posibilidad universal” moderna es la materia misma y, aunque no parecen comprender su significado, se trataría de una materia indefinida, de cuya indefinición resulta toda posibilidad. Es decir, lo definido proviene de lo indefinido, más aún de lo indefinido proviene el infinito. No parecen comprenderlo puesto que estamos ante una contradicción lógica de primer orden, no hay nada que comprender. Por supuesto, no hemos encontrado en ningún lugar una demostración de semejante tesis y parece que, con el paso del tiempo, la modernidad “ha considerado” que dicha demostración o bien no es necesaria o bien “llegará en el futuro”. Por si esto no fuera suficiente, con los sub átomos se ha desarrollado toda una corriente pseudo espiritual que materializa de hecho, o mejor sub materializa, al espíritu y que de alguna manera misteriosa conduce a una supuesta trascendencia suponemos sub atómica o quizá “macro atómica” puesto que por doquier vemos declamaciones cuasireligiosas acerca de la importancia del descubrimiento de no se sabe qué pseudo estrella o pseudo galaxia que, esta vez sí, nos hará descubrir los secretos del universo y de la vida también ¡Por qué no? Es decir, en el futuro una mancha en el telescopio del astrónomo de turno nos revelará la verdad de todo…

Esto nos lleva al segundo elemento de la tesis moderna que no es otro que el progreso. La tesis moderna de la imposibilidad como principio es difícilmente sostenible sin el aspecto futurible como fundamento de sus delirios, un futuro siempre maravilloso y que, por supuesto, jamás llega con lo cual necesita de la modificación constante del pasado para parecer haber llegado. Es de este modo que a través de la tergiversación de los tiempos pasados se hace verosímil la “mejoría” presente. Las gentes dicen “ahora tenemos ciertos problemas pero si lo comparamos a como estaban antes, estamos inmejorablemente bien”. Esto por supuesto se aplica a todo pero hay un problema que pasa desapercibido y es por esto que llamamos a la tesis moderna pseudo metafísica, el problema es que al introducirse un factor temporal el cual es por definición cósmico ya no estamos hablando de metafísica la cual, también por definición, no puede estar condicionada por el cosmos o “fisis”. Y he aquí que nos topamos con otra superstición moderna: la física. No es de extrañar que el aspecto espacio/temporal del universo haga las delicias de los modernos más entendidos.

Este aspecto nos lleva al tercer elemento, el origen puramente material del universo, es decir del espacio/tiempo. La teoría dicen los modernos es el big bang, nombre rocambolesco que han decidido darle a su propia incapacidad para explicar el origen del universo. Debido a la fragilidad de semejante explicación los modernos optaron por adentrarse en lo que estiman ser la madre de todas las ciencias: las matemáticas. Esto, por supuesto, planteaba innumerables problemas entre los cuales destaca la imposibilidad manifiesta de reducir el cosmos a cálculos “exactos”, el universo moderno se obceca tercamente en ser “inexacto” lo cual nos llevará a la necesidad de lo artificial y, en última instancia su inteligencia, es decir, lo que ellos llaman “inteligencia artificial” y que no es más que una verdadera contradicción en los términos. Todo este batiburrillo no ha espantado a los modernos y siguen delirando sin que se vea esperanza de rendición. No hay ninguna base para la suposición de un universo exclusivamente material y tampoco hay forma de solventar el dilema del origen no material de algo exclusivamente material. Si el principio de base es exclusivamente material, como sostienen los modernos, no hay lugar para proponer un origen no material de dicha materia, luego dicha materia no tiene origen, luego la dicha materia debe ser ella misma la posibilidad universal pero cómo habría de haber materia sin espacio y tiempo; sin embargo, si hay tal espacio/tiempo cómo va a ser dicha posibilidad universal metafísica. Es necesario que la materia sea la posibilidad universal puesto que de otro modo sería necesario presuponer algo aparte de la materia lo cual no es tolerado por los modernos, especialmente si tenemos en cuenta que ese algo es trascendente. Hay otro problema y es que si la materia es el único principio del universo porqué las matemáticas “no dan”, es decir porqué se obceca la materia en no ser exacta. Las matemáticas en su perfecta exactitud son la prueba flagrante de que la materia no puede ser el único principio del universo. Entonces, la solución debe ser artificial; es el propio artificio en sí mismo lo que nos sacaría del dilema, si todo es artificial todo es exacto pero ¡oh fatalidad! entonces quienes no encajamos somos nosotros mismos, la vida misma. O quizá podamos artificializarnos a nosotros mismos…    

Hay más problemas aún, la causalidad no puede ser real pues de ser así el origen, siendo perfecto por necesidad puesto que sería la causa primera, no dejaría hueco al progreso, negaría por definición la tesis materialista y desde luego el origen exclusivamente material del universo, entonces el siguiente elemento de la “tesis” moderna es: la lotería. Nadie se pregunta por qué los modernos son adictos a la lotería pero la razón no es otra que la negación de la causalidad. Según los modernos la única causalidad aceptable es la que no moleste a la lotería, es decir mientras lo reduzcamos a cuestiones físicas o mecánicas estupendo, pero si pretendemos ir más allá es inaceptable. Por supuesto, no hay una explicación más que el asunto cuántico, cuando se trata de micro partículas la causalidad se vuelve caprichosa y suponemos que es dicho capricho el que lleva a los modernos a la dicha adicción por comprar boletos de lotería. Entonces la causalidad no es ella misma un asunto metafísico sino físico, pero tampoco es un asunto cuántico puesto que en lo cuántico la causalidad es susceptible de devenir lotería. Esto tiene la máxima importancia en el siguiente elemento.

Necesariamente el hombre ha evolucionado puesto que, de otro modo, volveríamos a la fastidiosa causalidad. Así pues, de algún modo, de la materia “ha surgido” la inteligencia y no hay causalidad en esto porque la cuántica metió en la ecuación moderna la tan querida lotería. La inteligencia que nos lleva a escribir estas líneas “apareció” por casualidad-que no causalidad- gracias a la evolución. Es un juego de tramposos, una pseudociencia en el sentido más amplio pero también un lava conciencias puesto que si todo es lotería no tenemos nada que ver con la causa de las cosas y desentendernos de ella no implica ser un irresponsable sino ser inteligente. Visto de este modo, ¿la pseudociencia puede ser realmente pseudo?, es decir, visto de este modo, toda ciencia posible es, de hecho, pseudociencia. La evolución niega la base misma de la inteligencia, su origen.

Por último, como elemento aglutinante de todo lo anterior tenemos la cantidad. Todo es cantidad para los modernos, incluso cuando aparentemente hablan de calidad en realidad están hablando de cantidad. Esto es debido a que la cualidad arruina el chiringuito puesto que ya no hay forma mínimamente verosímil de justificar la lotería o aun el materialismo mismo. La tontería cuántica es aquí donde encuentra su fundamento, la micropartícula y su inestabilidad abren la puerta a la cantidad pura, la ausencia total de cualidad. La cualidad de hecho ni siquiera existiría ¿Por qué habría de existir una vez que aceptamos los elementos antedichos? Es así como la pseudo metafísica “deja de ser” un disparate para convertirse en el único conocimiento posible, es decir, estamos ante la justificación absoluta del statu quo. ¿Cabe ahora alguna sorpresa acerca de por qué la modernidad es totalitaria? La modernidad no puede aceptar “otro” conocimiento u “otra” manera de vivir pues su especificidad depende precisamente de la ausencia de contraste, es decir, la imposibilidad pura sólo es verosímil si no hay acceso consciente, sea directo o indirecto, a la posibilidad pura. El robot, que es no consciente por definición, es el “superhombre”, el “hombre verdadero” y más aún, el “hombre universal”; pero sólo puede ser así ante la ausencia total del hombre consciente, el hombre que se sabe deudor y, a la vez, partícipe de la posibilidad universal.

Todo este caos conforma el horizonte mental del moderno “promedio” pero insistimos, basados en nuestras investigaciones al respecto, en que esto ocurre de manera inconsciente, inercial. Esto debe ser así puesto que de lo contrario sería imposible ocultar el disparate, incluso suicida, de la “vida moderna”. Ahora bien, si uno observa detenidamente puede apreciar una llamémosle estructura entre tanto desorden, la modernidad ha conformado una pseudo doctrina que ha “construido” de esa manera inercial una, de hecho, anti estructura. Esto no es tan sorprendente en cuanto uno reconoce la oposición de base de la mentalidad moderna con respecto a la mentalidad tradicional. Se podría decir que podemos obtener la “visión” del plan moderno a través del espejo que significa el espíritu de contradicción tan propio de la modernidad digamos pura que ha resultado de los siglos de “filtración” de todos esos elementos intermedios que iban desde el tipo tradicional puro hasta el moderno puro pasando por una indefinidad de pasos intermedios. Para entendernos, hemos llegado a un punto en el que un “cristiano” que no sea totalmente hostil a la mentalidad tradicional es un apestado incapaz de interesar a nadie aun a pesar del atractivo que sigue implicando el sentimiento religioso en las gentes.

Así pues, muy en síntesis se puede decir que la cosmología tradicional occidental funcionaba en base al número 7, entendido este como el resultado de la suma 3+4. Números éstos muy significativos en todos los aspectos de lo que un día fue la vida tradicional occidental. El ejemplo más fácil para entendernos rápidamente es el trívium y el quadrivium que conformaban las “artes liberales”, es decir, la base de la educación en aquel occidente del que no queda rastro. El 3, es decir, la elocuencia (conformada por el trívium) era el estudio del aspecto “celeste” del cosmos, la palabra de Dios para entendernos; el 4, es decir, la matemática, trataba el aspecto digamos más cuantitativo del dicho cosmos, la Creación de Dios para entendernos. Es decir, tenemos aquí la Creación de Dios y su Verbo. Esto era tratado en la religión católica pero ahora es fácil ver que superaba dicha categorización, es decir, teníamos ahí toda una Ciencia de la cual la religión, tal y como se suele entender, era sólo un aspecto. Sin embargo, este “aspecto” era de la máxima importancia puesto que, al menos en Occidente, era lo único que cubría el aspecto psíquico de las cosas proveyendo una protección contra la adulteración de la vida en derivaciones monstruosas como las que tenemos actualmente. Es decir, mientras ese aspecto religioso permaneció activo los delirios pseudometafísicos se quedaban en veleidades para charlas de salón pero en cuanto fue debilitado primero y destruido después pasaron a apoderarse de la vida de la persona. Por supuesto esto ocurrió de manera inconsciente para la inmensa mayoría de las gentes, estas ahora masas veían que las cosas se habían vuelto rudas y feas en sus vidas personales pero eran incapaces de saber por qué y menos de que pudiesen hacer algo al respecto. La lotería había llegado. La luna había sido tomada. El cosmos pasó de ser la Creación de Dios regida por su Verbo a ser el frío e indefinido Universo de átomos y subátomos regido por la modernidad y sus “valores”. El frío cosmos moderno quedó bajo el ámbito de la “matemática” y demás “ciencias” derivadas y los valores quedaron bajo el ámbito “político” y “filosófico”. La religión se terminó y las gentes quedaron sumergidas en la modernidad.

Las gentes protestan y dicen que la religión no se terminó sino que de hecho está más floreciente que nunca puesto que ahora está a disposición de cualquiera y es más humana, libre, etc, etc. No vamos a entrar en este asunto y quien tenga interés debe leer detenidamente la obra de René Guenon y sacar las inevitables conclusiones. En síntesis podemos decir que lo que actualmente se llaman religiones no lo son en absoluto puesto que son incapaces de lidiar con el ámbito psíquico y sus muchas complejidades dando no cobijo a las almas sino de hecho confusión y desánimo.

Entonces, ¿no hay esperanza? Sí hay esperanza pero sólo a través de la intelección. Algunos modernos entienden que la religión es mejor que no exista puesto que acaba devorando la libertad u obliterando su entendimiento. Poco importan ahora estos debates, la religión se terminó pero debemos “cubrir el hueco” puesto que como diría Aristóteles el universo no deja huecos, es decir, si no lo hacemos nosotros alguien lo hará. Y esa es precisamente la razón de este texto, el “hueco” está siendo cubierto con lo que podríamos llamar la fase suicida de la modernidad.

Ahora ya entendemos el “signo de Jonás”, las gentes serán aniquiladas a no ser que se vistan de saco y practiquen la virtud. Es decir, sólo nos queda la metafísica pura, la cual no se nos hace cómoda o divertida pero es nuestra última y única esperanza.

 

-“Tesis” moderna:

Quadrivium: 1 origen material, 2 lotería, 3 evolución, 4 cantidad 

Trivium: 1 materialismo, 2 casualidad, 3 progreso

 

-Doctrina tradicional:

Trivium: 1 trascendencia, 2 causalidad, 3 eternidad

Quadrivium: 1 Creación, 2 ley, 3 tradición (memoria, responsabilidad), 4 cualidad

lunes, 23 de diciembre de 2019

La responsabilidad en la vida


La totalidad de las gentes está de acuerdo en que existe la vida, por poco que haya reparado en ello.

La generalidad de las gentes está de acuerdo en que ésta es intrínsecamente buena, aunque sólo sea la suya propia.

Sin embargo, todos parecen llegar al mismo dilema: si la vida es buena, cómo es que existe el mal. Así pues, la totalidad de las gentes está de acuerdo en que existe el mal pues si piensan que la vida es buena es por contraposición a lo malo y si piensan que es mala, cómo hacerlo sin creer antes en la existencia del mal.

Lo cierto es que si aceptamos la primera premisa “la vida existe” no podemos aceptar la tercera “existe el mal” sin contradecirnos. El problema empieza en la segunda premisa “la vida es buena”, este es el ámbito de la ambigüedad por que qué queremos decir con que la vida es buena o mala. La pregunta acerca de si la vida es buena o mala a qué se refiere exactamente; si se refiere al sentimiento entonces la respuesta dependerá del estado de ánimo, si se refiere al cuerpo dependerá de la satisfacción del apetito en cuestión. Entonces surge la pregunta: ¿Hay una respuesta que no sea ambigua acerca de la premisa “la vida es buena”? Por supuesto esto dependerá de la intención de quien plantee la cuestión porque es de hecho imposible evitar la ambigüedad cuando no hay intención de hacerlo. Si tenemos la intención de no aclarar un asunto no importa el esfuerzo que dediquemos a aclararlo pues siempre encontraremos la forma de escudarnos en un sofisma que nos permita escabullir la cuestión, el hecho de contradecirnos no nos importará en absoluto pues hemos priorizado no aclarar el asunto y la contradicción es una forma, torpe pero efectiva, de conseguirlo.

Ahora bien, si la intención es recta uno resuelve la ambigüedad del dilema haciendo llamada a la pura lógica: Si todos aceptan que la vida existe y todos aceptan que el mal existe entonces o bien la vida implica el mal y entonces no sería buena o el mal implica la vida y entonces el principio de la existencia sería el propio mal y cómo aceptar entonces, aun de manera ambigua, la premisa “la vida es buena”. Así pues, o bien el principio es el mal, o bien el bien, pero de ningún modo ambos puesto que son excluyentes. Todos aceptan “el mal es negativo”, entonces el mal es la nada por pura negación, pues de ser positivo el mal, cómo habría de ser mal. Aceptado esto, el bien ha de ser positivo y, por tanto, el todo por pura afirmación; puesto que de haber mal o negación en algún grado, volveríamos a la ambigüedad, con lo cual no podemos aceptar la premisa “la vida es buena” sin contradecirnos, con lo cual nuestra intención no es recta. Cuando nuestra intención es recta: el bien es positivo y es el todo, el mal es negativo y es la nada.

Así pues, aceptar el mal como principio implicaría aceptar la nada como principio; del lado contrario aceptar el bien como principio implicaría, necesariamente, aceptar el todo como principio. Entonces, en caso de aceptar el mal como principio debemos atenernos a la nada y, como es lógico, no esperar nada, es decir, no tener esperanza; nuestra responsabilidad entonces es intrascendente, no existe, no tenemos responsabilidad alguna y la vida no es que sea mala, peor aún, no tiene sentido, pues no es nada. Por otro lado, si aceptamos el bien como principio, qué podríamos esperar más que el bien, pues éste lo es todo. En cuanto a nuestra responsabilidad, qué podría ser más que el compromiso con esa misma aceptación del bien.

Si uno acepta que la vida parte del todo, por exclusión de la nada, debe aceptar que contiene intrínsecamente, en cuánto vida, todo aquello que podría, de hecho, serle atribuida puesto que lo único excluyente es la propia nada.  Aceptando esto, es indiscutible que la vida es digna por propia naturaleza, es decir, la dignidad es precisamente su integridad. La dignidad es pues el atributo primero de la vida, aquello en lo que yace nuestra conexión con la propia existencia, la cual es obviamente el todo y, desde luego, el bien.

Todos aceptan que la dignidad es excluyente de la nada pues, si no hay nada, qué dignidad ha de haber; igualmente dignidad es excluyente de mal pues, aconteciendo el puro mal, qué dignidad puede resultar; luego, necesariamente, la falta de bien es indignidad. Si la dignidad es la integridad de la vida, no puede faltar el bien.

Llegados a este punto las gentes salen en defensa de la ambigüedad diciendo: “basta con un poco de bien, pues ya habría un poco de integridad”. Por supuesto esto es inaceptable, pues la propia palabra “integridad” es incompatible con la división necesaria para que haya “un poco de bien”. Este “poco de bien” está necesariamente complementado con un poco de mal, pues sino sería puro bien y la ambigüedad desaparecería. Las gentes protestan: “esto es demasiado rígido, parece que todo tenga que ser negro o blanco, qué pasa con el gris”. Inaceptable, pues “gris” es ambigüedad, la cual es incompatible con la integridad, con lo cual “gris” y “un poco de bien” son palabras diferentes para evocar lo mismo. Las gentes insisten: “eso se soluciona con dos sistemas de vida: uno rígido y otro suave; que cada cual elija el que guste”. Inaceptable, las gentes ahora acuden a la división pura y simple en busca de escapatoria. Sin embargo quedó demostrado que la división es incompatible con la integridad, la cual es necesaria para la dignidad, la cual es imprescindible para el bien, el cual es indispensable para la vida. Aceptar esta premisa implica condenar de antemano a la ambigüedad a los que caigan bajo el ámbito del “sistema suave”. Por otro lado, no existen “dos sistemas de vida”, lo mismo que no existen dos vidas; sólo existe una vida, la cual, para ser lo que es, debe necesariamente implicar el bien, la dignidad y la integridad. Aceptar el dualismo propuesto con el concepto “dos sistema de vida” implica, no dos vidas lo cual es absurdo, sino, de hecho, la vida y la muerte; pero esto es también absurdo pues la vida y la muerte son excluyentes y no pueden coexistir, de hecho la muerte no existe en absoluto pues, en cuanto negación de la vida, es negación del bien y, por lo tanto, negación del todo. El dualismo implica la presunción de que la nada es algo, lo cual es inaceptable.

Por fin hemos llegado a la conclusión inequívoca: uno debe decidirse por la vida o por la muerte, pero no hay manera, que no implique engaño, de quedarse entre una y la otra. En caso de engaño, éste es aquel que hace que las gentes en cuestión se identifiquen con la ambigüedad, la cual es incompatible con la vida y la muerte. Pero es un engaño, lo cual implica que aquello con lo que se identifican es con la nada, puesto que el todo es incompatible con el engaño mismo y con la propia ambigüedad. Las gentes que buscan el engaño necesitan, de una u otra manera, negar el todo o al menos su vinculación con él. Como esto es absurdo necesitan ambigüedad, pero ésta, como quedó demostrado, es incompatible con la dignidad, luego con la integridad, luego con el bien, luego con la vida. Así pues, no podemos ser serios y ambiguos al mismo tiempo, con lo cual no nos vale el argumento “basta con un poco de bien” y todos sus derivados subsecuentes. Debemos pues concluir que no hay vida sin dignidad y que esta vida o es íntegra o no es vida, sino muerte.

Pero las gentes arguyen: “nada de esto es humano, no somos dioses, luego es inalcanzable, luego no existe aquí en el mundo, luego no tenemos ninguna responsabilidad al respecto”. Visto de este modo, nada de esto debe tenerse en cuenta puesto que no tenemos relación con la vida, la vida es algo con lo que uno se tropieza. Todos están de acuerdo con que el mal existe, con lo cual la única forma de hacer soportable la vida es, precisamente, la ambigüedad; y aun cuando, como quedó demostrado, esta postura es absurda, es la única aceptable, puesto que el bien puro en su integridad es inalcanzable para los hombres. Si alguien dijese haberlo alcanzado, indiscutiblemente miente, y si mostrase señales de haberlo alcanzado, indiscutiblemente son engaños. Más aun, como sus engaños destruyen la ambigüedad, ese alguien es peligroso pues destruye el único ámbito en el que la vida es soportable. Hasta aquí los argumentos de las gentes.

Básicamente, el argumento se reduce a la premisa de que lo divino no está presente en el ser humano, y el precio que hay que pagar por subscribir este argumento es el de renunciar a cualquier evidencia que pueda presentarse en sentido contrario, es decir, hay que renunciar a la inteligencia. Por supuesto, aquí hay un problema. La propia intelección nos garantiza que la premisa es falsa puesto que si lo divino no está presente entonces lo divino no es el todo y, si esto es así, lo divino no es divino. Tengamos en cuenta que sostener que lo divino no está presente implica limitar el todo, el cual no puede ser limitado pues dejaría de ser el todo; compréndase bien que esto significaría que el ser humano y la pura nada serían lo mismo.

Sin embargo, las gentes arguyen: “estamos vivos, luego no podemos ser la pura nada”. Por supuesto, el ser humano no es la pura nada pero el pensamiento de las gentes lo implica. Entonces, si aceptamos la premisa, lo único que nos queda es la ambigüedad pura porque, efectivamente, nada no somos, pero estamos, mediante nuestro pensamiento, implicándonos en la nada. Lo que queda claro aquí es que lo último que interesa a las gentes es la claridad, puesto que aparecería con ella la conciencia y la necesidad de la responsabilidad. Así pues, la ambigüedad es lo único que las gentes pueden blandir para reclamar no importa qué cosa, pero ya demostramos más atrás que la ambigüedad es, ella misma, el engaño. Así pues, el reclamo de las gentes es el propio engaño. Es obvio que no podemos aceptar la argucia en absoluto, pues hacerlo nos comprometería en el engaño y en la pura nada.

Aun así, las gentes no se rinden y rearguyen: “Nos da igual, estamos vivos y nos da igual el engaño y la nada”. Sin embargo, ahora reconocen que su anterior premisa era falsa y pretenden continuar arguyendo por pura obcecación, sin ninguna base. Lo cierto es que al tomar este partido las gentes reconocen implícitamente que lo expuesto antes sí es alcanzable, luego existe también una responsabilidad, luego una dignidad íntegra se vuelve imprescindible para la vida. Lo reconocen implícitamente pero se rehúsan a aceptarlo. El problema aquí es que esto implica que quieren ser malvados, negando toda responsabilidad, negando también la dignidad y aun la propia vida; pero no quieren parecerlo puesto que dicen “estamos vivos”. Ahora bien, cómo habrían de estar vivos si niegan el principio de la vida. Es verdad que, en cuanto que la vida les fue dada, están vivos pero, en cuánto partícipes de la propia vida, no lo están en absoluto. Se puede decir con toda propiedad que aunque les fue dada la vida están en un estado de inercia, es decir, que a todos los efectos están muertos, pues la propia inercia no define otra cosa que la ausencia de vida. Lo inerte aunque puede ser movido no es nunca motor, es decir, no hay voluntad en lo inerte. Así pues, esta premisa no es compatible con la consciencia, pues aun los más fanáticos cientificistas se ven en un apuro al tener que conciliar la falta de consciencia con lo que habitualmente consideramos “tener una vida”, y se habla de que alguien en este estado de falta de consciencia “es un vegetal”, pues al no reaccionar, ni siquiera de forma refleja, no tiene voluntad.

Justo en este punto las gentes protestan y dicen: “sí tenemos voluntad, sí reaccionamos de forma refleja, hasta incluso tomamos decisiones, luego no hay contradicción”. El problema es que caen en su propia trampa, puesto que, si reclaman para sí la voluntad se ven obligados a admitir que, necesariamente, deben ser responsables, aunque sólo sea con respecto a la mera voluntad. No les queda más remedio que admitir que su voluntad es una voluntad de muerte, por inercia, y al hacer el reclamo de esta voluntad admiten una responsabilidad de hacer, de hecho, lo contrario de la vida. Es decir, las gentes se responsabilizan entonces de hacer el mal. Toman decisiones, cierto, y son malas decisiones, por cierto, pues se basan siempre en la ambigüedad la cual, ha quedado demostrado, es un engaño y pertenece al ámbito de la nada.

Las gentes replican: “no es cierto, no queremos hacer el mal pero tampoco responsabilizarnos del bien”. Pero entonces consta la contradicción, puesto que no responsabilizarse del bien es hacer el mal. Si las gentes quieren cumplir con lo que dicen cuando afirman “no queremos hacer el mal” deben, necesariamente, responsabilizarse del bien.

Las gentes se disculpan diciendo: “no podemos, es muy difícil”. Sin embargo esto no es más que una excusa para escabullirse, puesto que lo difícil o no de una cuestión no justifica nada al respecto de la cuestión. Uno puede encontrar difícil respetar la normativa vial de tráfico, pero esto no le justifica para no respetarla. No responsabilizarse del bien no es una opción, y en caso de hacerlo, hay culpa en ello, es decir, estamos haciendo el mal.

Las gentes concluyen: “no hay caso, puesto que no hay nadie entre nosotros capaz de responsabilizarse del bien”. Si eso fuera cierto, cómo sería posible este escrito. Si no hubiese nadie capaz de responsabilizarse del bien no habría debate y tampoco base para poner en duda que la vida es buena. En un caso así tendríamos un mundo intrínsecamente malo en el que la vida no pudiendo ser otra cosa que intrínsecamente mala sería “buena”, es decir, nadie plantearía dudas acerca de la “bondad” de la vida y nadie plantearía dudas acerca de la inexistencia de ningún tipo de dolor, puesto que el dolor es malo, y un mundo intrínsecamente malo no entraría en contradicción siempre que se apelase al mal. Si las gentes dicen “no hay nadie entre nosotros capaz de responsabilizarse del bien”, entonces en el mundo no hay mal, ni dolor, puesto que si nadie se responsabiliza del bien cómo saber acerca del mal, cómo discernir entre una cosa y la otra.

Las gentes dicen: “sabemos del mal porque sentimos dolor”. De nuevo caen en su propia trampa, pues implícitamente reconocen la necesidad de responsabilizarse del bien pues, al notar un dolor y reconocerlo como malo, desean una cura, la cual debe ser necesariamente buena. Así pues, si “sabemos del mal porque sentimos dolor” no podemos decir que “no hay nadie entre nosotros capaz de responsabilizarse del bien”. Entonces, el problema aquí es que si el que sufre el mal es uno mismo, el bien es necesario; pero mientras el que sufra el mal sea otro “no hay nadie entre nosotros capaz de responsabilizarse del bien”. Entonces, es cuando la ambigüedad se vuelve necesaria, pues lo bueno y lo malo van moldeándose según el interés. Ahora bien, parece que esto no debe airearse, pues dejaría al descubierto al que tiene interés en el mal, haciéndole constar como irresponsable delante del bien. Esto tampoco tiene sentido según el argüir de las gentes pues si “no hay nadie entre nosotros capaz de responsabilizarse del bien” qué importaría quedar al descubierto.

Hay un último reclamo de las gentes: “no queremos el mal para nosotros y tampoco queremos sentirnos mal por hacer el mal, destruyamos el bien y todo quedará solucionado”. Hemos llegado ya al disparate, por no aceptar la vida como aquello que implica necesariamente el bien, la dignidad y la integridad, es decir, por no aceptar que tienen una responsabilidad ineludible con respecto al bien, las gentes prefieren el puro mal. 

A estas alturas es difícil no ver en la propia ambigüedad el ambiente mismo del mal, ese lugar en el cual el mal puede hacerse sin ser visto. Pero para no ver esto es imprescindible:

1.- No prestar atención a lo dicho hasta aquí, es decir, faltar al respeto y arrebatar la dignidad a quien sea necesario según la circunstancia lo requiera.

2.- No ser consciente de lo dicho aquí, es decir, actuar de manera inercial, en un estado de puro egoísmo, indiferente a las consecuencias que puedan acontecer a cualquier otro.

3.- No responsabilizarse de lo dicho hasta aquí, es decir, no reconocer ninguna autoridad legítima que implique, en sí misma, la trascendencia de la propia individualidad y, con ella, la trascendencia de la ambigüedad misma.